Avanzamos a tal velocidad que apenas rozamos los días
18 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Voy rápido por la peatonal. A veces se me quedan las llaves en casa. A veces bajo en zapatillas. A veces no cuelgo el teléfono. Vivo deprisa y con prisa, por lo que pierdo la conciencia del lugar que ocupo, olvido qué busco y qué palabras merecen ser dichas. Avanzamos a tal velocidad que apenas rozamos los días. Nos movemos por inercia, renunciando a la pausa, a la sobremesa, al placer de la demora… siempre hay una tarea pendiente. Una tras otra. Y, cuando no la hay, la inventamos.
Lo peor de las prisas es que van dejando un rastro de cosas incompletas. Habitaciones revueltas, conversaciones interrumpidas y razonamientos a medio cocer. La prisa nos exorciza del instante que tenemos delante, de la poesía. Últimamente intento parar un poco, no demasiado, que no tengo tiempo. Un rato cada día, tal vez, leer unas páginas, escuchar una canción, correr tras mi hija por el pasillo fingiendo ser un fantasma bajo una manta. No responder cada mensaje en el segundo en el que llega. Evitar que las preocupaciones o el trabajo terminen devorándolo todo.
No lo consigo, pero lo intento. Intento robar del sueño o de donde sea minutos que perder. Se parece a frenar una bicicleta con el freno estropeado, pero somos muchachos de pueblo, ya encontraremos la manera de frenar, pies al suelo, o lo que sea para reducir la velocidad, la prisa.
Y funciona, sin prisa la niebla se despeja, el zumo sabe mejor en la terraza, hoy enseñaré a la pequeña a montar un puzle. La vida no sucede en la superficie de las cosas. Todo lo que merece la pena dormita en el fondo tranquilo de las horas.