Cada generación cree vivir el final de un mundo, así que desconfío de la nostalgia
04 jun 2026 . Actualizado a las 09:07 h.En un paseo por el monte encontré un viejo molino en Cudieiros. Mi cuerpo tiene botones de trascendencia que se pulsan al azar cuando me encuentro algo así. Veo un molino abandonado y entro en trance, las piedras me emiten una radiación filosófica y druídica ancestral. Un molino; quieto, inútil. No muele grano, no da trabajo, con aspas rotas… Amazon o Skeletor o quien quiera que dirija el mundo, prejubiló a los molinos. La harina hoy sale de naves industriales con fluorescentes con una pureza pabloescobariana.
No puedo evitar sentir que ese viejo armatoste conserva una dignidad que no hallo en las maravillas tecnológicas de hoy. No lo veo en mi móvil, ni en un Tesla. El molino tenía un ritmo humano, dependía del viento y de la paciencia. Al mundo actual se la resbalan ese tipo de cosas: a cualquier hora se puede comprar algo, recibimos noticias en directo desde Cape Town —o Capetón—. Hemos ganado la batalla a la velocidad.
Cada generación cree vivir el final de un mundo, así que desconfío de la nostalgia. Es más importante un antibiótico que un molino, supongo. Me gustaría que me llevaran en una ambulancia y no en una carreta. Las máquinas hacen el trabajo más rápido, pero nos obligan a convencernos de que nosotros debemos funcionar como ellas.
Antes de irme casi le pego un puñetazo al molino, no porque lo odie ni mucho menos. Por recordarle que hubo un hombre que miró un molino y vio mucho más que un molino. Nosotros quizá estemos un poco peor. Ya no vemos gigantes en ninguna parte. Regresé a casa sin Sancho, solo la panza volvió conmigo.