«Nadie nos dijo que hacerse mayor consistía en ir probando disfraces nuevos para soportar la misma pregunta que te hacías en el instituto»
21 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.No lo negaré, hay tardes en que me posee un demonio cotilla y fisgo cómo les va a mis contactos de Facebook. Son los mejores. La nostalgia es el mayor negocio de estos tiempos. Todos están ahí, echando de menos cosas que a veces ni siquiera vivimos. Habitando un lugar común, virtual, que hemos construido con lo mejor de cada pasado. Idealizando una realidad casi tan ingrata como esta, pero que a través de la pantalla parece vibrante y llena de color.
Ah, mis coetáneos, esos millennials y sus «mid-life crisis». Cada uno pelea como puede contra este ecuador vital: unos dejan de beber, otros empiezan a beber como a los 20, otros se divorcian, otras tienen un hijo con un marido al que no quieren, unos se pasan el Tinder, otros comienzan a vestir como en la ESO, no faltan los del tatuaje en el cuello, ni los de la moto, ni los que entregan su vida al crossfit. Los que se hacen surfistas, los que vuelven al fútbol, los que dejan el trabajo por un «sueño»…
Quizá sea culpa de aquellas canciones sobre la belleza y la brevedad de la vida. Nadie nos dijo que hacerse mayor consistía en ir probando disfraces nuevos para soportar la misma pregunta que te hacías en el instituto. Quién eres. Y quién demonios pensabas que ibas a ser.
Fotos de festivales, de pisos de estudiantes con platos por fregar, descampados, balones, Britney Spears, tú, yo. Como quien vuelve a la casa donde creció esperando encontrar todavía una luz encendida. Entrando al Facebook de madrugada no para ver cómo les va a los demás, sino para ver si queda algo de nosotros en aquel incendio.