Hay algo inevitable en crecer al lado del mar. Y es que uno termina enamorándose de la mar, como les ocurre a los hombres que nacen donde el viento huele a sal y las noches se llenan con el rumor obstinado de las mareas. Cambié el masculino por el femenino no por capricho gramatical, sino porque así la nombraban los viejos marineros.
En mis años de bachiller leí aquella novela de Hemingway donde un pescador, llamado Santiago, sostenía una batalla interminable contra el océano y contra sí mismo. Desde entonces pensé que no había en la tierra un heroísmo más digno que el de aquellas personas capaces de desafiar la inmensidad con apenas una barca y sus manos.
Años después, cuando ya la vida empezaba a parecerse a esas cartas náuticas llenas de rutas imprevistas, mi amigo Pepe Evangelina me llevó hasta otro héroe de la mar. Tuve la fortuna inmensa de compartir amistad, silencios y largas jornadas de pesca en aguas de Finisterre con un hombre que parecía salido de una leyenda antigua. Esta es la historia interminable de Pachicho, Francisco Gude Teira, aunque nadie pronunciaba nunca su nombre completo.
Discreto, noble y bonachón, uno de esos hombres que parecen corrientes hasta que abren la boca y descubres que llevan dentro un océano de sabiduría. Sabía de mareas, de lunas, de vientos y de pesca como otros saben de libros sagrados. Sus historias bastarían para escribir varias novelas, y no me extrañaría que ahora mismo, en algún puerto del más allá, se encuentre conversando con el viejo Hemingway mientras escriben juntos la segunda parte de aquel viaje imposible.
Con él compartí jornadas de pesca que todavía regresan a mi memoria como un sueño iluminado por la bruma. Recuerdo especialmente una madrugada en Monte Louro. El alba apenas empezaba a desteñir la noche cuando lanzamos las redes y el mar respondió con una generosidad casi milagrosa. Las sardinas subían relucientes al barco, plateadas como monedas recién acuñadas. Y con la pesca a bordo y de camino a puerto, me dijo que las de ese lance eran las mejores porque habían desovado en la madrugada y conservaban intacta la escama.
Después vinieron muchos días de mesa compartida, de vino, de amigos y de risas. Y en su casa frente a la isla de Sálvora descubrimos al mejor asador de sardinas del mundo. Una ceremonia casi religiosa. Preparaba la brasa con paciencia de orfebre y las colocaba perfectamente alineadas en la parrilla a veinte centímetros del fuego, como si obedeciera a una ley secreta. El dominio preciso del tiempo y de las brasas convertía aquellos peces humildes en un nuevo milagro gastronómico. Ningún cocinero Michelin sería capaz de asarlas mejor.
Hace una semana Pachicho echó su último lance y partió en busca de aguas más tranquilas. Se fue como se marchan los viejos marineros: sin hacer ruido, dejando una enorme estela de nostalgia flotando sobre quienes tuvimos la suerte de conocerlo.
Le echaremos mucho de menos. Pero siempre podremos presumir de haber compartido la vida con uno de esos hombres que convierten la amistad en un puerto seguro contra todas las tormentas.