Un día de tormenta

Carmen Alborés CON CALMA

BARBANZA

Relámpago durante otra tormenta, en foto de archivo.
Relámpago durante otra tormenta, en foto de archivo. ANGEL MANSO

11 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Chovía si Deus ten auga, ventaba en tódolos ventos, e ensarrapitada toda a camiñar non me atrevo, que o moucho fita que fita me espera naquel penedo. Estos versos de Rosalía de Castro seguro que se referían a alguna Dana, ciclogénesis explosiva o gota fría, de esas que de vez en cuando asolan nuestro invierno a Galicia, y a las que ahora las llaman con nombres propios. Dice ella que soplaban todos los vientos, seguro que el dios Eolo conjuró a los cuatro vientos (Céfiro Bóreas, Euro, Noto) para acobardarla todavía más, y lo peor era que estaba apostado en lo alto de un penedo aquel búho (esa ave de mal agüero) y que seguro que también estaba muy asustada con las plumas revueltas sin atreverse a volar, y con aquella mirada fija y penetrante de aquellos ojos redondos, que tanto la intimidaba.

A Rosalía no le sonó la alarma de su móvil ni vio el mapa del tiempo en ninguna pantalla ni nadie le explicó la causa de aquel fenómeno meteorológico, probablemente el búho si sabía lo que le esperaba, y por eso no volaba ese día, hacía como los barcos que permanecían amarrados en el puerto, o si estaban faenando en el mar, se ponían a la capa, orientando la proa contra el viento, lo mismo que los aviones hoy en día que aterrizan en otros aeropuertos distintos a su destino, debido también a los fuertes vientos.

Era un día para no salir de casa, aunque ella lo hiciese por la necesidad imperiosa de acudir a la iglesia, y tenía prisa porque la campana ya había sonado y estaba deseosa de ver al sacerdote que tanto la quería, y recordaba con nostalgia y su característica melancolía, cuando de pequeña este la abrazaba, dejando en ella aquel olor a incienso y a cera derretida que luego evocaría toda su vida, pero que también le dejó en su alma un clavo, que le produjo un mal tan hondo, como ella misma escribió, que mucho la atormentó, y que la hizo llorar cual Magdalena en la Pasión.

Cuando Rosalía llegó a la iglesia, después de rezar un Ave-María, el temporal ya había amainado y ella nos dice: «Paso ó regueiro, corro á enriba dó valado, brinco en baixo do portelo, e dende alí berro entonces con cantas forzase eu teño: Non che teño medo moucho, moucho non che teño medo».

Me imagino el resultado de la tormenta, el suelo lleno de hojas, ramas y tejas caídas y Rosalía, ya sosegada, siguiendo la misa.