Que bien enterramos a los muertos

José Vicente Domínguez
josé vicente domínguez LATITUD 42°-34?, 8 N

BARBANZA

24 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

P las , plas, plas, plas. Y menos mal que Pablo Casado no tenía ganas de que le aplaudiesen más. Observando la sesión de control al Gobierno de ayer, me congratuló ver a un político utilizar su turno de preguntas con un fin constructivo y no de desprecio y ácida crítica hacia un presidente del Gobierno. Desde el sillón de mi casa, frente al televisor, me daban ganas de aplaudir también a mí. Cuando quieren, o cuando le ven las orejas al lobo o, mejor dicho, cuando se encuentran con el lobo, nuestros políticos demuestran que saben estar.

El triste y complicado asunto de ese partido del que usted me habla, nos empieza a demostrar —por si no nos habíamos dado cuenta— que el poder orgánico de los partidos frente a las bases y al poder electoral de líderes ha sucumbido. Hasta no hace mucho, los afiliados y simpatizantes se enteraban de los trapos limpios y sucios a través de los comunicados de los órganos de dirección. Pero ahora, ¡cuidado!, como cada vez se pretende ir más rápido y pensar menos, un wasap, una publicación en Facebook o cualquiera de esas mandangas puede destruir los órganos de poder de cualquier partido.

En el partido del que usted ya me entiende, nos encontramos con un vodevil en el que los hechos sucumben ante las formas. En política, para el gran público (al menos para el público madrileño, en este caso), según parece, es tolerable que la presidenta de una comunidad, pasándose la ética por el forro, conceda a amigos, parientes o hermanos, sustanciosos contratos con cargo al erario público de toda la ciudadanía.

Por otro lado, los jóvenes dirigentes que pretendían no volver a hablar de corrupción por ser cosa del pasado, se encuentran de morros con su ambición y falta de memoria. Y así, aprovechando las sucias aguas del rio Manzanares, tratan de apagar los crecientes humos de una princesa para que nunca llegue a reina, aunque para ello tengan que revolcarse en el fango de la corrupción que trataban de olvidar. Está claro que los castos Casado y Teodoro, con cierta prepotencia y no menos torpeza, no supieron medir su fuerza ante el triste clamor de los defensores de una inocente y triste princesa que, a juicio del sabio pueblo, no merece ser siquiera mencionada y menos mancillada en su pureza. ¿Y por qué? Porque gana elecciones por mayoría y porque las cosas de la familia son sagradas.

Menos mal que los políticos también son seres humanos y, a veces, nos saben dar ejemplo de cortesía; tal que ocurrió en la sesión parlamentaria de ayer. En España, amigos lectores, somos especialistas en enterrar a los muertos. Y la política se está convirtiendo en una profesión de alto riesgo.