Prebenda médica


Dejando a un lado lo incomprensible que resulta que a estas alturas siga vigente la directriz de que las citas médicas presenciales solo se dan llamando por teléfono o acudiendo directamente a la ventanilla, parece que la tradicional atención en persona se ha convertido en una especie de prebenda médica. Vamos, que dependiendo de quien te toque la consulta de salud tomará un camino u otro.

Puedes tener suerte, como una amiga mía, y que en la primera consulta telefónica el facultativo te diga que necesita verte en persona y acto seguido te derive a un especialista, o puede sucederte como a mí. Tras dos visitas a urgencias en jornadas consecutivas por un dolor repentino y parcialmente incapacitante, la persistencia de las molestias hace necesario recurrir al profesional de familia. Después de tres citas telefónicas sin que pase a la acción, la alternativa es seguir una recomendación por la que parece estar optando cada vez más gente: acudir a una clínica privada. No sales curado, pero sí con una radiografía que, según te explica el médico, pone de manifiesto la existencia de un problema. Estaba claro que si el dolor no había remitido se debía a alguna causa.

Así, a la cuarta cita telefónica, tras explicar que ya has allanado el camino con unas placas propias, consigues formar parte del cupo de quienes aguardan una consulta en traumatología.

Escuchas que alguna gente, ante situaciones similares, opta por acudir sistemáticamente al servicio de urgencias. Reprochabas su actitud, porque ese no es el camino a seguir. Sin embargo, algunos hechos te llevan a ver las cosas desde otra perspectiva.

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