Toca el pelo de tu madre


Al amanecer, los habitantes del pueblo de Nueva Riparia comenzaban a trabajar sobre las ruinas que había dejado la noche. Cargaban materiales de reconstrucción para las casas y los negocios que habían sido despojados por los nativos de la oscuridad. Reforzaban las puertas y las ventanas por las que pasaba un sol que recordaba a épocas mejores que quizá nunca habían existido.

Los vecinos reparaban los muros, apuntalaban los techos que guardan los llantos de los niños y limpiaban la basura de las calles. Al acabar la jornada, se secaban el sudor, resignados, suspiraban para decirse con silencio todo lo que no podían expresar con palabras. Y volvían a sus casas agotados. A cenar con sus hijos, a besar a sus mujeres y a hacer el amor con sus maridos. Al acostarse, llegaba el turno de los nativos de la oscuridad.

Los gemelos opuestos salían por la noche, protegidos de las tinieblas comenzaban la destrucción de todo lo que los habitantes del pueblo habían logrado construir durante el día. Saqueaban, rompían, aullaban, ensuciaban… hasta que llegaba la mañana y el ciclo se reiniciaba. Así, los que crean y los que destruyen mantienen ese extraño pulso por el equilibrio del pueblo durante unidades de tiempo incomprensibles.

Lo que sucede en el mundo sucede dentro de cada hombre. El alma es un campo de batalla, hay una contienda entre pulsiones de luz y de oscuridad. Ambas están en ti. Cualquiera de nosotros, también es un monstruo, pero… acaricia el pelo de tu madre. Toca el vientre de tu mujer. Es tiempo de construir. Hay pájaros cantando entre los olmos.

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