Vacunas y bolas de nieve


Si no nos vacunan cuanto antes, saldremos de esta pandemia respirando por heridas que tardarán años en cicatrizar. El ser humano no está creado para vivir aislado. Lo marca nuestro ADN. El antisocial duraba poco en el mundo animal y nuestro cerebro entendió que era más fácil cazar mamuts entre 20 personas que hacerlo uno mismo a pecho descubierto. El solitario moría pronto. La manada protegía a todos.

Nuestro cerebro tampoco está programado para permanecer alerta las 24 horas del día, los siete días de la semana, los 365 días del año. Lo cierto es que sobrerreacciona a riesgos que con el tiempo tiende a infravalorar. La primera vez que conducimos pensamos que podemos estrellarnos en cualquier momento. Cuando llevamos una vida al volante, las cafradas se cuentan por puñados. Arriesgamos más, nos confiamos, aunque el peligro sea el mismo que al principio.

Solo recordando que tenemos emociones paleolíticas se puede comprender que cientos de personas se reúnan en la Puerta del Sol de Madrid para comenzar una guerra de bolas de nieve. Todos saben que vivimos en plena pandemia, pero aún así allí estaban, lanzándose nieve. Ni los datos de hospitalizados, fallecidos e ingresados en la uci importaban.

Es por cosas así que es prioritario que nos vacunen cuanto antes. Lo es para salvar vidas y dar pasos hacia nuestra normalidad, pero también porque ni aguantaremos mucho más separados, ni el autocontrol tiene visos de resistir. Si el covid fue tan duro para encerrarnos a cal y canto durante meses, también lo es ahora para vacunar de inmediato a quienes más lo necesiten. O eso, o a saber qué haremos en verano. Si en invierno la imagen fue la de una guerra de bolas de nieve, ¿qué podemos esperar cuando salga el sol?

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