La familia que cambió Madrid por A Pobra empujada por el covid

En julio, al poco de llegar, los Costa Prado ya tenían claro que la villa pobrense pasaría a ser su lugar de residencia


Ribeira

Vivir en una gran ciudad, con todos los servicios al alcance de la mano, era hasta no hace mucho un sueño dorado que la mayoría perseguía. Pero llegó el covid y con él un largo confinamiento que hizo que afloraran las ventajas que supone residir en el rural o en pequeñas localidades que tienen en la naturaleza su principal tesoro. Fue ese encierro y el temor a que la pandemia se prolongara en el tiempo lo que empujó a la familia madrileña Costa Prado a buscar su paraíso particular. Lo encontró en A Pobra.

Fue una amiga la que los animó, hace unos siete años, a descubrir la comarca como destino de vacaciones: «Ella es una enamorada de Galicia. Ya venía con sus padres y luego siguió acudiendo cada verano, hasta el punto de que toda su familia acabó comprando aquí casa y tienen en total unas 15. Ella me enseñó la zona y me pareció preciosa», explica Pilar Prado.

Su marido, Jaime Costa, es más de campo que de mar, pero no pudo resistirse a los encantos de Barbanza cuando, el pasado verano, huyendo de la presión generada por el coronavirus en Madrid, se refugió con su familia en la villa pobrense: «Comprobé que era el paraíso buscado para la jubilación, por sus playas, por su vegetación, por su gastronomía, por las alternativas culturales que ofrece... Para mí es un lujo poder leer un libro sentado a diez metros de altura sobre la playa».

La pareja reconoce que la idea de dejar atrás Madrid una vez finalizada la etapa laboral ya planeaba desde hacía tiempo sobre sus cabezas, aunque fue la irrupción del covid la que aceleró la decisión final: «Tras pasar el encierro en la ciudad, buscábamos la libertad, tener una casa con jardín. Aquí podemos salir a pasear, disfrutar del mar y de una naturaleza que es casi virgen», apunta Pilar.

Entre Suecia y España

Hasta la benjamina de la familia, Elena, sucumbió a la primera de cambio a los encantos de la tierra barbanzana. Y eso que su situación se presumía más complicada, puesto que trabaja en Suecia. Por fortuna, las nuevas tecnologías han propiciado la desaparición de barreras que se consideraban insalvables y le permitieron también a ella encontrar el paraíso ideal para cultivar su afición por el arte: «Lo que más aprecio de aquí es la luz. Vivo entre Suecia, donde nos pasamos gran parte del año prácticamente a oscuras, y Madrid, donde el índice de contaminación es altísimo, por lo que aquí descubrí una luz única, una luz que cambia día a día».

Los tres coinciden en que la acogida que tuvieron por parte de sus nuevos vecinos fue espectacular: «En Madrid hay más rechazo al contacto y se percibe una tensión mayor», comenta Jaime. Elena incluso tuvo la oportunidad de exhibir una colección de fotografías en la casa de cultura Raquel Fernández Soler: «Es una serie de retratos y paisajes que hice durante un viaje a Madagascar, que buscan reflejar cómo un lugar único está siendo deforestado y destruido». Reconoce que ahora se deja inspirar por Barbanza para darle forma a una colección de acuarelas.

En julio, al poco de llegar, los Costa Prado ya tenían claro que A Pobra pasaría a ser su lugar de residencia, y eso que no encontraron la casa que estaban buscando: «Nuestra primera opción era comprar, pero todas las viviendas que nos gustaban tenían reformas pendientes», explica Pilar. Sí pudieron alquilar una vivienda que cumplía sus expectativas, un edificio del siglo XVIII situado en las inmediaciones de la iglesia de O Castelo. Ahora, convencidos de que han encontrado su paraíso, siguen a la caza de una casa que se convierta en su hogar definitivo.

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