El pincel argentino que cambió los caballos por el paisaje de Barbanza

Lleva dos años en Ribeira y ha pintado desde elementos patrimoniales a marinas


ribeira / la voz

Barbanza es tierra de artistas y parece que también ejerce como polo de atracción de creadores foráneos que encuentran en estos parajes su fuente de inspiración. Le ocurrió a Carlos Barbieri, un pintor argentino que por motivos personales acabó trasladándose a Ribeira, donde no lo tuvo nada complicado para hallar paisajes, sobre todo marineros, con los que dar color a blancos lienzos. Y eso que al otro lado del océano Atlántico, su fuerte a nivel artístico era otro muy distinto: el deporte del polo.

Esa pasión por el campo y los caballos le venía de lejos y fue la misma que lo llevó a decantarse por ser ingeniero agrónomo. Creció de forma paralela a su afición por la pintura: «Con 18 años realicé mi primera exposición y ya nunca paré, aunque siempre como un pasatiempo». En Buenos Aires entró a formar parte de un grupo artístico especializado en el mundo equino. Incluso elaboró una guía del polo que reúne información sobre clubes y torneos de todo el mundo: «Fue hace 20 años, cuando no existía Internet y encontrar una entidad dedicada a este deporte era misión imposible».

Esa estrecha relación con el mundo del polo le permitió disfrutar de experiencias inolvidables: «Del club de Sotogrande me llamaron para impartir clases de pintura a un grupo de chicos con discapacidad y ese fue el motivo por el que, hace seis años, me vine a España». En Ribeira lleva dos, un período del que hace un balance muy positivo: «La acogida fue fantástica desde el primer momento, porque la gente es muy abierta. Además, casi todos tienen algún familiar en Argentina y le tienen mucho cariño a mi tierra».

Del campo al mar

Tras establecerse en Barbanza, Carlos Barbieri sí echó en falta el mundo del polo como fuente de inspiración a nivel artístico, pero no tardó en encontrarle sustituto: «Lo primero que me motivó fue la iglesia de Abanqueiro y la quise representar, pero ahora, cada día que pasa, me gustan más los paisajes. Aquí hay millones de lugares con encanto y podría estar pintando cualquiera». Lo dice mientras, en su estudio, da pinceladas sobre una marina, una vista de la ría de Arousa desde Coroso.

Asegura que esa transición de los verdes a los azules, del campo al mar, ha supuesto para él un desafío interesante: «La pintura no tiene un piso ni un techo, sino que uno tiene que buscar los colores. Enfrentarse a nuevos retos es lo que motiva a un artista».

Como pintor, Barbieri se estrenó en Ribeira participando en una exposición en el Museo do Gravado de Artes y ahora tiene en el Lustres Rivas una muestra en la que rememora su pasado en Argentina y Madrid, estrechamente vinculado al deporte del polo, y su presente, descubriendo los paisajes de Barbanza. También hay hueco en la colección, que permanece montada en el centro cultural a la espera de que la pandemia permita reabrir sus puertas, para los toros: «Era un mundo para mí desconocido, pero cuando estuve en Sotogrande me invitaron a una corrida en Algeciras y me pareció muy emocionante».

Ahora, su pincel se mueve al ritmo que marcan las fuentes de inspiración que está encontrando en Barbanza: «El arte nunca para y estoy preparando una serie sobre la comarca y otros paisajes del entorno». Mientras se involucra con facilidad en el colectivo artístico de la zona, sueña con compartir sus conocimientos: «Tengo muchas ganas de impartir clases de pintura para transmitir mi arte». Su fuerte es la acuarela, la que mejor capta sus trazos realistas.

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