Sobredosis de coronavirus


No pensé que me pasaría, pero sí. Estoy oficialmente saturado, no puedo, macho: no quiero saber más. Ya no me interesan curvas, intervalos, incidencias acumuladas, olas ni la madre que las parió. Me ceñiré a comprender lo suficiente como para ejercer mi trabajo con rigor, a cumplir las normas y a actuar con responsabilidad, como he hecho hasta ahora. Tampoco compro el mensaje de «toda la culpa es de la gente». Elegimos y pagamos unos sueldazos -ad eternum- a nuestros políticos para que gestionen las situaciones difíciles. Las culpas que empiecen con un fifty-fifty, como mínimo.

Hace años pensaba que muchos de los problemas de la sociedad se debían a la falta de información. Llegó Internet, la mayor fuente de conocimiento del planeta y los problemas no se fueron. Al revés, el exceso de información acaba siendo una marmita posmoderna donde la veracidad se diluye. Y aún con las cifras oficiales en la mano, ante esta avalancha de datos tan exactos y muertes tan precisas, siento agotamiento.

Toca sobrevivir no solo al virus, también a su sobreexposición mediática. Baja el ritmo: tres noticias al día, dos, una. Corta. Céntrate en lo que es y será esencial en tu vida, en los asideros a los que agarrarte cuando el mar de aerosoles esté bravo. La tortura china de la gota deja de funcionar si apartas la cabeza. Nada de lo que viene será fácil, pero un embudo metido por la garganta y un camión cisterna de telediarios monotemáticos derramándose sobre ella no va a ayudarte. Así es 2020: hay agua en la luna y detrás de la mascarilla el alma está tan sola.

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