Y se llaman señorías


Tiene la palabra su señoría. Así, tan finamente, comienzan los debates en la Cámara Baja de las Cortes Generales. Y lo de baja, se ajusta bastante al nivel de lo que se ha convertido lo que debería ser el Parlamento al que llamamos Congreso de los Diputados. Del Senado, mejor no hablar. A ese club de achacosos amortizados, se les suele ir la olla. En el Congreso, en donde dicen estar quienes nos representan, se ha pasado del tú más, tan típico de quienes carecen de argumentos y prefieren enmierdarse juntos para que se reparta el mal olor, al insulto barriobajero. Es tal la relación de epítetos descalificativos que serviría para llenar un diccionario de tapas blandas, que pudiera servir de multiusos en caso de apuro. «¡Uff! Qué vergüenza de Parlamento», dicen ellos mismos tan pronto como acaban de tirarse excrementos unos a otros. Es como si pretendieran diferenciar su fina vida en familia con lo que allí largan sin pudor. Y no, la verdad es que son ellos así; el maleducado lo suele ser en cualquier lugar. Fíjense sino, como para insultar no llevan chuletas. Les sale de manera espontánea, con ese gracejo habitual de quienes están acostumbrados a ser gallitos de taberna. Y discúlpeme tan noble lugar. Pero eso sí; unos a otros se tratan educadamente de señoría.

 Todos estaremos de acuerdo que para evitar el muermo y habitual sueño de esas señorías, de vez en cuando es necesario sacar alguna inteligente puya. Eso alegra los debates y está bien para refrescar las neuronas de algunas de esas durmientes bancadas. Se podrían calificar como insultos ingeniosos que no llegan a ser ofensivos. Pero para eso hay que tener nivel y cierta gracia. Como el de aquel político de las Cortes de Cádiz que llamaba «culiparlantes» a los diputados cuya única intervención consistía en levantar el culo de sus escaños para votar.

Pero ahora, desgraciadamente, sus señorías ya no se duermen, porque los han convertido en clac y tienen la obligación de aplaudir los patéticos insultos de sus jefes o de los lenguaraces seudo oradores de turno. «¡Es usted un traidor y un miserable!». ¡Plas, plas, plas!, seguido de pataleos y palmadas de la bien pagada clac contra los pupitres. «¡Y usted es un vende patrias y un cobarde!». ¡Plas, plas, plas!, con un poco más de fuerza que la otra clac, para que no se diga que no ganan el sueldo. Pero de tanto usarlos, de tal proliferación de vituperios, los insultos ya se han convertido en palabras inocuas propias de un patio de cárcel al que tan propensos son nuestros políticos. Es verdad que de vez en cuando nos puede sorprender alguna insulsa palabreja cual felón, por lo arcaico y extemporáneo del término, cercano al clásico «hacer cosas feas» de los niños bien.

Pero fijémonos en otros habituales insultos tales como mentiroso, imbécil, gamberro, golfo, miserable, criminal, asesino, cobarde, inútil etc. ¿No les mueve a pena que puedan salir de las bocazas de quienes manejan nuestras vidas y se hacen llamar señorías? En otros ambientes con más educación y dignidad que las Cortes (no interpreten lo de cortes en su acepción gallega), serían motivo de querella. Pero allí, en el culto hemiciclo, esos insultos entre sus señorías ya suenan a cosa normal y provocan fuertes gritos, risas y palmaditas en la espalda al inflado orador, al ritmo del pataleo y del ¡plas, plas, plas! de la bien pagada clac de los culiparlantes. Está claro que para lidiar en política sin recurrir a burdas ofensas, hay que tener clase. Y no me queda otra que parafrasear a Churchill cuando, para descalificar a un parlamentario de la oposición, le soltó: «Vi como frente al Parlamento llegaba un taxi vacío y se bajaba usted». Aunque tampoco está mal la perla de Azaña: «Perdóneme que me sonroje en nombre de su señoría».

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