Ponme la caja de siempre


Cualquier gurú del márketing te dirá que lo más importante es tener claro tu target. El target básicamente es a quien va dirigido nuestro producto. Ejemplo: yo escribo en La Voz de Galicia en Barbanza, mi target primordial son los habitantes de nuestra zona. Aunque esté encantado de que me lean desde cualquier sitio, sería poco inteligente ponerme a escribir diatribas sobre los hábitos reproductivos de los caracoles en Míchigan. El lector condiciona lo que yo redacto. Ya, es poco romántico, pero es la verdad: aunque escribir sea un arte, publicar es un negocio.

Tener claro quién es tu cliente y qué necesita. Este concepto, tan aparentemente sencillo, es incomprensible para un sector: los diseñadores de cajas de medicamentos. Les da igual que haya pacientes que lleven toda la vida con una caja naranja para el colesterol, la modernidad les dicta que hay que hacer un nuevo boceto: ¿naranja? ¡No! Pongámosla con rayas violeta y tipografía de whiskería. Que parezca que la diseñó un daltónico en una piscina muy clorada, que no tenga ni una semejanza trazable con el envase anterior… ¿Que el paciente está polimedicado y siempre usó otra caja? ¡No es nuestro problema, dejen paso al progreso!

Odio la modernidad tanto como odio a los paraguas. ¿Se dan cuenta los diseñadores para quién están diseñando? Pregunten a cien pensionistas con problemas prostáticos qué caja quieren: la de siempre o una nueva versión hortera que es mirarla y ponerte ya de mala leche. Pregunten al target. Diseñadores, entrad dentro de vosotros mismos… Armados con explosivos.

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