A Vianda de Muros reabre tras 40 días cerrado por covid: «Tivemos que contaxiarnos a través dun cliente»

Seis miembros de la plantilla del negocio hostelero se contagiaron en agosto


ribeira / la voz

Los Balboa de Muros consiguieron por fin dejar atrás una pesadilla que se prolongó durante 40 largos días. La suya es una de las muchas historias dramáticas que está dejando el covid, pero en su caso, pese al sufrimiento padecido y las consecuencias económicas, todos están en disposición de contar sus vivencias. El virus obligó a esta familia a bajar la reja de su negocio hostelero, integrado por cafetería, restaurante y pensión, el 19 de agosto. Ayer por fin A Vianda abría sus puertas para recibir a los clientes de siempre.

Fue el pilar de la familia, Vicente Balboa, el primero en sentir en sus carnes el azote del coronavirus, aunque en un primer momento le fue diagnosticado un agotamiento propio del exceso de trabajo. «Chamoume un día ás sete da mañá e díxome que viñera eu abrir o bar que el non podía erguerse da cama. Preocupeime porque nunca lle pasara nada semellante, pero a diagnose foi convincente, pois levabamos todo o verán coas habitacións e o restaurante ata arriba», relata la hija, Yina.

Al día siguiente, cuando la madre, Ramona Siso, empezó con tos seca, saltaron las alarmas en la casa de los Balboa, sobre todo porque acababa de surgir un brote de covid en un cámping del municipio. Ya aislados, ambos recibieron el resultado de sus PCR, que eran positivas. Vicente fue el que se llevó la peor parte, pues llegó a estar una semana ingresado en el Clínico compostelano: «Dentro do malo, tivemos moita sorte porque sufriu unha pneumonía unilateral e iso foi o que o librou de ir para a uci. Pasámolo fatal porque estabamos toda a familia sufrindo polo seu estado e sen poderlle dicir a verdade a miña nai, que estaba illada soa na casa», explica la hija.

Yina Balboa y su pareja tampoco se libraron de los efectos del covid. Ella lo sufrió en forma de diarreas y vómitos constantes, llegando a perder seis kilos, mientras que él padeció durante varios días un insoportable dolor de espalda. Dos empleados de A Vianda y un matrimonio muy amigo de los propietarios también se contagiaron.

Posible origen del brote

Tras el rastreo realizado, la familia muradana tiene una teoría sobre el origen del brote: «Non sabemos realmente como foi, pero pensamos que tivemos que contaxiarnos a través dun cliente, pois as semanas anteriores tivemos o restaurante e o hostal cheos», explicó Vicente. Su hija corrobora la afirmación: «A toda a nosa clientela fixa fixéronlle as probas e, afortunadamente, ninguén deu positivo. Nós contaxiámonos porque comíamos todos xuntos na mesma mesa ao acabar o servizo no restaurante».

De la terrible experiencia vivida, Yina Balboa extrae una parte que considera altamente positiva. Lejos de sentirse estigmatizada, esta familia muradana contó en todo momento con el apoyo del pueblo de Muros: «Sentímonos moi arroupados polos veciños. Fomos moitos os que tivemos que estar illados, tanto familiares como amigos próximos, e todos recibimos chamadas de xeito constante, de xente que se ofrecía a irnos ao supermercado, á farmacia ou a tirar o lixo. Teño que dicir que nese sentido sorprendeume para ben a reacción do pobo».

Asegura que el apoyo fue total desde el primer momento: «Nós xa decidimos pechar en canto se confirmaron os positivos dos meus pais. Daquela, as 12 habitacións da pensión estaban reservadas ata comezos de setembro, pero os negocios que están aquí preto ofrecéronse a aloxar a estas persoas, o que nos facilitou moito as cousas».

La cafetera de A Vianda se accionó de nuevo a primera hora de la mañana de ayer. Los clientes tardaron muy poco en acceder al local: «Volvemos a ter con nós á xente de sempre, amigos que entran aínda que só sexa para saudar. Seguimos a recibir moitas mostras de cariño», comentaba Yina Balboa. Tanto ella como el resto de la familia afrontan con ilusión esta nueva etapa, un episodio más en una historia que sus padres empezaron a escribir en 1992, cuando regresaron de Estados Unidos para abrir el restaurante. A mediodía, la acción se trasladaba al comedor, que volvía a ser un hervidero.

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