Qué tiempos aquellos


L levamos encerrados una docena de días y ya nos hemos olvidado de los temas de conversación de pocas semanas atrás. Aquello sí que era vivir. No había día sin escándalos. Y entre corrupciones y tal, lo mismo se subía el salario mínimo que los impuestos y un poquito las pensiones. Los que no estaban de acuerdo ni con esto ni con lo otro, echaban la culpa a los independentistas y comunistas que quieren romper España; cuando no a la invasión de los bárbaros del sur, esos migrantes que vienen a robarnos el trabajo y los valores de occidente… Pero todo lo bueno se acaba. Por eso, ayer miércoles, comprando pienso para mis ocas, mientras todos comentábamos el inevitable tema del día, un cabreado paisano que, como todos, mantenía el metro y medio de distancia, empezó a vocear: «Coño, qué volva o prosés por favor!». Y cuando resopló después del grito, se veía como al hombre se le agitaban los virus concentrados en la usada mascarilla.

Y como los tiempos no están para cachondeos, los que estábamos allí guardando el metro y medio, le dimos la razón, recordando lo bien que pasábamos las horas entre tantas y tan graves complicaciones que nos amenazaban pocas semanas atrás, cuando el tema era Puigdemont y toda esa pobre gente de la que nadie se acuerda... ¡Ay cómo nos cambió la vida desde que Rufián se bajó del monte...! Y al comparar aquella felicidad con los términos bélicos y valores militares que los generales y demás mandos pretenden insuflarnos cada día en posición de firmes, los que allí estábamos, nos pusimos a pensar en lo gratificante que era hablar del procés, de los presos de LLedoners, de los graciosos permisos que les conceden y de las butades de un tal Muy Honorable President Torra.

¡Cómo pasa el tiempo! Aún recuerdo cuando nos habíamos especializado en aquella crisis financiera: la prima de riesgo. ¡Jo! Qué chulada. ¿Y lo del cambio climático? Era una pasada escuchar tan sabias opiniones que mudaban de criterio cuando llovía. «Onde están esas sequías?», decían algunos. Y cuando hacía calor: «Pra que lojo nejedes o cambio climático!». Puros expertos, sí señor.

Aquello era otra cosa; nadie se jugaba la vida más allá de un posible infarto por exceso de fanatismo político. Pero ahora, en plena pandemia del coronavirus COVID-19, viendo que ese bicho invisible nos puede matar, nos hemos reciclado y convertido en expertos opinadores sobre mascarillas, equipos de protección, los polymerase chain reaction (los EPIS y PCR de toda la vida), respiradores… Y nos lavamos las manos con fruición mientras, por costumbre, guardamos el pañuelo o el clínex usado en el bolsillo. Y todos, cual potenciales seleccionadores de fútbol, opinamos sobre si las medidas son suficientes o son exageradas o ni una cosa ni otra porque la culpa es de los inexistentes recortes. Y cuando los políticos hacen caso a la ciencia, criticamos las medidas políticas; pero si estas se aplican, queremos que se escuche a los comentaristas que inundan los medios que son los que saben. La incertidumbre ante lo desconocido, nos hace opinar patas arriba. Eso que un querido amigo llamaba «lo contrario de la viceversa».

¡Jo! ¡Qué tiempos aquellos hablando del procés!

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