Yo tuve un diccionario


Cuando era niño no creía en los monstruos que vivían debajo de la cama. Bajo la mía solo había envoltorios de Sugus, cromos de Son Goku y un diccionario. Un diccionario rojo: el Diccionario Anaya de la Lengua. No hay monstruos debajo de la cama, los monstruos siempre están durmiendo encima.

Si me preguntan, contestaré que todo empezó con ese diccionario. En algún curso de primaria nos hicieron comprarlo para enseñarnos cómo buscar en él. Y yo me quedé prendado de sus páginas. Pensaba que contenía todos los secretos del universo. Lo hojeaba y había palabras tan bonitas que las repetía en voz alta. Ocre, vesícula, ungüento, confín...

Si mal no recuerdo, ese ejemplar fue el único libro en el que he escrito dos veces mi nombre en la solapa. Por si acaso. Si ese diccionario Anaya sobreviviese al inminente apocalipsis y alguien lo recogiese, cuando lea los dos Emilio e iniciales, cristalizará entre sus manos la frágil reliquia de una infancia feliz. Todo empezó ahí. Iridiscencia, pétalo, tango, ombligo… El amor a las palabras.

Al abrir ese libro, hallaba respuestas tan nítidas y tan exactas que daba la impresión de que no hay nada que no pueda ser explicado. A veces, aún lo creo. Las palabras son átomos que cartografían el pensamiento. ¿Existe algo más bello que ellas? Mira: plenilunio. Puede uno pronunciarla y meter el reloj en el gin-tonic mientras el mundo se deshace como un terrón de azúcar en el té. Algunas tardes no necesito más motivos para ser feliz que estar vivo y que existan palabras así, palabras como plenilunio.

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