Teoría y estética del mundo


Lija y tericopelo

La palabra belleza cubre todas mis creencias vitales y políticas. Este artículo debiera acabar en esa frase inicial. Considero que si, en la recta final de nuestra vida, dentro de nuestras capacidades, hemos hecho algo para embellecer el mundo, todo habrá merecido la pena. La belleza atrae a la bondad como la magnetita al hierro: frente a una obra de Rafael o frente a un niño que sonríe es mucho más complicado comportarse de manera ruin.

Existe un perenne feísmo en la posmodernidad que hace que te acostumbres a ver mal. Una actitud reverencial ante la belleza es la visita al oculista: te pone unas gafas que te hacen descubrir que la vida no era como la mirabas. Los fangos de la ordinariez cotidiana se disipan y lo majestuoso libera sus luciérnagas. Mira ahora a las estrellas, piensa en ellas, ¿cómo te hacen sentir? Agradecido, humilde, bueno. Belleza.

Plantéate que quizá aquella chica que llevaba julio en el pelo y diciembre en el corazón no te hizo caso, pero le escribiste una carta de amor que, a lo mejor, conserva y la hará sentir bien las dos o tres veces que la vuelva a recordar durante su vida. Belleza.

O no, tal vez la carta era muy mala y eso te hizo seguir escribiendo para mejorar. Entonces la chica se va, pero la literatura se queda contigo. Y eso está bien porque las cartas de amor están bien, pero las cartas de amor bellas están mucho mejor. Amar a las palabras para amar a las personas, utilizar sus lunares como puntos y seguido… La palabra belleza cubre todas mis creencias vitales y políticas. No hacía falta explicar nada más.

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