Manolito el Pescador: De cantar en el Sarasquete a ser el Joselito gallego

M. x. Blanco RIBEIRA / LA VOZ

BARBANZA

MONICA IRAGO

Tras amenizar viajes en autobús, recorrió los grandes teatros gallegos y actuó en las mejores orquestas

10 feb 2020 . Actualizado a las 21:31 h.

La dureza con la que arrancó la vida de Manuel Blanco Fernández, que nació en el seno de una humilde familia de Ribeira y perdió a su padre cuando tenía solo un año, se vio compensada con el torrente de voz que le regaló la madre naturaleza. De su garganta brotaron melodías que llenaron teatros y campos de fiestas. Manolito el Pescador, como fue conocido artísticamente, era anunciado de niño como el Joselito gallego, una fama que supo mantener tras los cambios que el paso del tiempo causó en sus cuerdas vocales y que le permitió vivir con holgura de la que aún hoy es su gran pasión, la música.

Los autobuses de Sarasquete constituyeron el primer escenario desde el que Manuel Blanco se enfrentó al gran público. Amenizaba los trayectos y, como recompensa, gran parte de los pasajeros le regalaban una moneda. Un conductor de los autocares que se había encariñado con él le brindó un día la oportunidad de viajar a Vigo, a donde tenía que llevar a unos marineros: «Daquela era unha auténtica aventura e claro que fun». En un bar de la ciudad olívica le colocaron un micrófono delante de la boca y dejó perplejos a los presentes al ritmo de populares canciones de Joselito y Antonio Molina.

Primer lleno en Vigo

Al día siguiente, su versión de Soy minero estaba sonando en una radio local y llegaba a oídos del humorista Xan das Canicas, que no tardaba en fichar a un artista que por entonces tenía ocho años: «Recorrín toda Galicia coa súa compañía. Eramos unhas 50 persoas e tiña ata orquestra». Su primera gran actuación tuvo lugar en el Teatro García Barbón vigués, que registró un lleno total.

Tras aquella gira apoteósica, en la que el pequeño cantante era comparado con el mismísimo Joselito, Manolito el Pescador volvió junto a su madre, que se había mudado a la localidad de Carreira y ahí empezó su trayectoria en el sector de las orquestas: «No baile subíronme ao palco para cantar coa banda Os Pinchudos e xa me levaron con eles». Recuerda que aquella misma noche ya durmió en casa de Pachín, un músico y hostelero de Taragoña. De aquella agrupación surgió después la orquesta Gran Peña, nombre que hacía referencia a un exitoso programa televisivo de la época, que con el tiempo acabaría denominándose Gran Parada.

Con esta agrupación finalizó la etapa del Joselito gallego, pues llegó la adolescencia y, con ella, el cambio de voz. Pero un paréntesis de tres años en la casa de una tía de Madrid, que Manuel Blanco aprovechó para aprender a tocar varios instrumentos, le sirvió para coger fuerzas y reafirmar su amor por la música. A su vuelta a Barbanza, Pachín le tendería la mano para incorporarse al mundo laboral con la orquesta Andújar, aunque la Gran Parada no tardaría en convertirse de nuevo en su banda. Durante la década larga que pasó recorriendo escenarios con la formación de Taragoña, prestó su voz también a otras de las mejores orquestas gallegas del momento, como Los Chicos del Jazz: «Ata estiven nun barco que tiña un grupo a bordo».

Prórroga en «Land Róber»

Sin dejar de cantar, el ribeirense quiso probar las mieles del mundo empresarial y se lanzó a la creación y representación de orquestas como África, Atenas, Mundo Musical, As Vegas... Nunca conoció otra profesión que no fuera la música, llegando incluso a formarse en el conservatorio de Pontevedra y a componer diversos temas propios.

No hace mucho que Manolito el Pescador escribió un último capítulo de una historia artística que ahora se ciñe a actuaciones muy esporádicas. Fue llamado a participar en el Land Róber de Roberto Vilar y, pese a que al principio tuvo sus recelos, acabó triunfando: «Eu era especialista en pasodobres e así, pero puxéronme temas de Queen e AC/DC e cando rematou o primeiro programa, xa era famoso por cantar en inglés. Mira ti, despois de tanto tempo cantando en español e galego». Fue una maravillosa experiencia que se prolongó durante tres años.

A sus 74 primaveras, Manuel Blanco se muestra orgulloso de la vida que ha llevado y asegura que no la cambiaría. Sí siente no haber tenido a sus padres al lado: «Nunca tiven guía. Sempre dependín de xente de fóra».