Un epitafio ribeirense


Un buitre llevaba un caparazón de tortuga en el pico y lo soltó contra una calva que confundió con una roca. Así fue como murió Esquilo, uno de los poetas más importantes de la antigua Grecia. El gran orgullo de Esquilo era haber sido un maratonómaco, uno de los griegos que participó en la batalla de Maratón. Él mismo escribió su epitafio: «Su glorioso valor será recordado en los bosques de Maratón», sin aludir a sus extraordinarios éxitos literarios. Tal fue la trascendencia de esa lid para los que participaron en ella.

Siempre había creído que mi batalla de Maratón fue mi primer año en Santiago, llevo la vida atravesada por él, como una brocheta de langostino. Arrastré muchos años la homilía del cuando fuimos los mejores. Zombi de un mito del que nunca me recuperé, nunca volví a tener ese fulgor, ni ese eco.

Hoy miro la sonrisa embravecida de los ribeirenses al caminar y me pregunto qué historias, qué sueños, qué batallas de Maratón, qué mares navegaron, qué voces oyeron, qué promesas les quedan por cumplir. Tan robustos. Tan vivos. Tan como yo. Tan de aquí. Levantándose cada día a por más oxígeno en esta pétrea peatonal con sus pastelerías, sus bares, sus recuerdos. Su luz…

Y aunque eche de menos las noches locas compostelanas, donde los amigos nos tirábamos horas discutiendo una duda porque no existía Google, ahora siento en esta Ribeira mi guerra, mi planeta, mi monstruo, la semilla y la tinta de todo lo que escribo. A lo mejor nunca necesité un momento definitorio, a lo mejor basta con un lugar. Poned en mi tumba: «Ribeira, su luz, y yo».

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