La importancia del agua


Palpita la corriente del arroyo. Escuchas su murmullo, su sonoridad en la mañana coronada de nubes. En esta callada hora solitaria, musitas: «No se sabe de la importancia del agua hasta que no se tiene o nos falta. Sin embargo, el agua es sustancia de vida, aunque, si es así, también de muerte». La muerte es un viaje, y el viaje, una especie de micromuerte. «Partir es morir un poco», había dicho un poeta. De hecho, si lo pensamos detenidamente, todos los ríos son afluentes del gran río de los muertos.

Reflexionando sobre el «líquido elemento», como diría el clásico griego, rememoras el constante ir y venir de las zapateiras «sobre a tona do río», y un poco después se abre ante tus ojos una ventana: por ella asoma el rostro de Ofelia, la pálida prometida, la inocente doncella enamorada de Hamlet, el príncipe heredero del reino de Elsinor, de Dinamarca. Con sus pechos más blancos que la nieve al aire libre, la moza danesa muere dulcemente, sin emitir ni un leve quejido, un suspiro, muere ahogada en el estanque rodeada de nenúfares en flor.

Expira la hermosa Ofelia en silencio, sin montar ningún escándalo. Exhala su último aliento bajo un sauce cuyo plateado follaje se refleja en las «ondas cristalinas» del arroyo, y no solo con sus pechos al descubierto, sino además con una corona de guirnaldas adornando su cabeza, y su cabellera flotando en el agua.

Una joven vida, una corta vida, pero toda una vida se ha ido en un suspiro. En el «Don Hamlet» de Álvaro Cunqueiro, cuando el joven heredero del trono de Elsinor se suicida, en el momento de expirar, pronuncia un solo nombre: ¡Ofelia! Y si es cierto que un charco contiene un universo, también lo es que un instante de ensueño contiene un alma entera.

Rápida avanza la corriente hacia el mar. Es el agua soñada en nuestra vida cotidiana. Es el agua del estanque que se Ofeliza por sí sola, que se cubre con toda naturalidad de criaturas durmientes, somnolientas, de seres que se abandonan, fluyen y flotan, de seres que también se entregan dulcemente al sueño eterno. Se diría que en ese momento decisivo, esos seres continúan soñando, soñando con esa hora bruja en la que la noche, la diosa del velo, y el agua se abrazan tiernamente entre las cortinillas de la oscuridad. En esos secretos instantes, los fantasmas de la corriente, del río, se alimentan tanto de la noche como del agua.

Vibra un agua fresca perlada. Chissss, chissss.... Te llama y dice al pasar: «Alégreta, vibro para ti». Dudas: ¿te habla la corriente o es una de las voces del coro que llevas en la cabeza? Sigues adelante. Caminas entre los murmullos de arroyos enfebrecidos descendiendo entre la hierba de las laderas. Algunos parecen torrentes de espuma que se pierden entre los matorrales, mientras en el huerto de al lado los líquenes resplandecen pegados a la piel de los frutales, que agonizan bajo astillas de luz en la lluviosa tarde de mediados de diciembre.

Cuando llegas a casa, desde la ventana, observas como llueve a cántaros y el agua circula encabritada sobre el asfalto. Tres perros empapados y con el rabo engruñado caminan arrimados al muro que aparta el parque de la acera. Parecen tres náufragos, mejor, tres mendigos que no tienen donde caerse muertos. Unos cuantos minutos más tarde, aparecen en la puerta del recinto arbolado tres personas con paraguas. Conducen tres canes enfundados en sus respectivos chubasqueros. Y además, al cruzar la calzada, lo hacen por el paso de peatones. Vamos, como la gente civilizada.

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