El nieto de Oliva


Siempre es un placer recibir el mensaje «¿contamos contigo para participar en el especial de Navidad?» Me encanta escribir sobre la Navidad, sobre el año que hemos pasado y las promesas del siguiente. Desgraciadamente este 2019 que termina no ha sido un gran año para mí. Me he casado con mi amor de verano, eso sí estuvo bien. Lo mejor del año, de mi vida. Inolvidable. Pero mis ojos se llenan de noche. ¿Por qué?

El fulgor de este 2019 siempre tendrá el eclipse de la despedida de una mujer extraordinaria. Decía Jorge Manrique que «nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar». Sin embargo «mar» es una palabra diminuta para describir los océanos de hiel, de amargura, que nos dejó su partida. Que mi abuela se iba a morir es algo que desgraciadamente tenía presente. Es ley de vida, biología. Es lo justo. Pero la justicia es un concepto relativo, como la moral, cada uno tenemos nuestra propia idea de justicia.

Y no fue justo el final de una mujer extraordinaria, ni son justos los vacíos inabarcables que deja. Pero lo más injusto de todo fue el dolor inútil que sufrió antes de su muerte. «Pues yo no la veo tan mal», nos decía el médico —que es humano y que espero que se perdone a sí mismo por las cosas que no supo ver—. Ni él ni tantos conocían la habitual tenacidad de sus brazos, ni sus nervios de acero gallego, ni su bondad todoterreno. No había que saber nada de Oliva Fernández.

Al fin y al cabo era solo una mujer de Bandourrío. A nadie importará que fuese un ejemplo de vida. En este mundo podemos ver con un análisis modificaciones leucocitaria, podías ver sus cambios celulares pero no todos supieron mirar su figura con la auténtica profundidad que requería y requiere. Fue una mujer extraordinaria, solo una mujer que hiló una existencia de lanas, trabajo y sangre. Porque no quedaban más huevos.

Porque no quedaba nada más que ella. Y resistió, vaya si resistió. No sé mucho de toreo, pero Oliva Fernández perfiló el toro de la vida con mayor gallardía que Manolete. Le enseñó el capote muchas veces al miura que embestía, venía una adversidad y le metía el estoque por la cervical. Así un problema de media tonelada caía muerto ante los 30 kilos que pesaba ella en sus postreros tiempos. ¡30 kilos! Aunque no la veían tan mal cuando llorábamos con ella.

Oliva, mi abuela, no vivió una vida fácil. Nunca disfrutó de los lujos contemporáneos, de las oportunidades de la posmodernidad. Si existe Caronte, el barquero que lleva las almas a través del río Aqueronte, ella lo recibió ligera de equipaje, humilde como siempre fue. Nunca le hubiera preguntado nada por no incomodar. No tenía prisa porque vivió para otros, su único premio era ver de nuevo el sol y cocinar algo a sus cuatro nietos. María, Manuel, Carmen y yo.

Su bondad fue su condena, si se hubiera quejado justamente en vez de querer pasar sin molestar, la justicia, tan injusta siempre con los justos, no le hubiese cobrado el doble de los intereses a una mujer sin linaje, sin alcurnia. ¿No lo he dicho? Oliva Fernández no tenía nombre, ni cuna, ni apellido que honrar, pero desafió a sus propias sombras. Su recuerdo estará siempre en sus dos hijas, en sus cuatro nietos.

Y mientras esté en mi memoria, mientras quede en mí un trocito de universo donde clavar el estandarte de su recuerdo lo clavaré inexorable, como ella hizo con los toros de la vida. Algún día me perdonará el que la haya hecho salir dos veces en el periódico.

Su tumba minúscula —porque ella no querría pirámides, ni túmulos apoteósicos— nunca será estudiada por ningún arqueólogo o historiador. Dicen los cronistas que la historia la escriben los que ganan. No siempre, miren, hoy yo tengo un inexplicable acceso a esta pluma, y soy una hojita de la corona de laurel que fue su triunfo: su continuación, su pequeña persistencia.

Suelo definirme por mi apellido, Sanmamed, porque percibo que tiene cierto peso específico en Ribeira. Nada. Mi mayor título es que soy el nieto de Oliva. Se va 2019, el año en que partió una mujer extraordinaria.

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