El derecho de vivir en paz


A veces querría ser capaz de fijarme mucho más en mi pueblo, detenerme en sus barrios y en sus carencias, de escuchar lo que dice la gente en sus calles. Pero estas últimas semanas la urgencia de hablarles sobre lo que está sucediendo miles de millas más allá de nuestra realidad, se me clava dolorosa como una espina bajo las uñas.

Veo el golpe de estado en Bolivia y se me cae el alma al suelo. Veo a los indígenas bajar hacía La Paz con sus ponchos y sus ropas viejas y no puedo más que sentir amor y simpatía hacia ellos. Observo a los estudiantes y trabajadores chilenos arrojar piedras en las calles y no veo vandalismo en absoluto. Esas piedras son un clamor de justicia; vuelan por sus muertos y desaparecidos. Es pétrea poesía.

Y cuando uno tiene la absoluta certeza de la total injerencia norteamericana en estos conflictos le gustaría, a veces, poder semejarse a esos trovadores capaces de abstraerse con versos y pensamientos más mundanos o locales.

Me gustaría, de verdad, no pensar a diario en el sufrimiento de esa gente que está tan lejos. Pero no soy capaz, y seguramente esto me convierta aún más en necio que en santo.

Ignoro si entregar mis desvelos a esto es beneficioso para mi vida. También ignoro hasta que punto perjudica a mi salud mental saber que una artista chilena apareció colgada tras ser detenida.

Cantaba el asesinado y torturado, pero mas vivo que nunca, Víctor Jara sobre el derecho de vivir en paz. La gente tiene derecho a vivir en paz y, si para eso es necesario que a Trump lo fulmine un rayo, yo entregaré mis plegarias mas sentidas a ello.

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