¿Qué sucedió con los antiguos inquilinos de A Miserela?

Los arqueólogos tratan de averiguar por qué dos órdenes religiosas se alternaron residiendo en el aislado río Pedras


Conocidas por su magnético atractivo turístico, las piscinas naturales del río Pedras en A Pobra constituyen uno de esos escasos refugios paradisíacos en los que el tiempo ha parecido detenerse. Lo que muy pocos saben es que sus estrechos senderos un día albergaron las pisadas de unos curiosos inquilinos con hábito, los benedictinos y los franciscanos. En lo alto de una de sus cornisas se levantaba un eremitorio que cumplía la función de priorato. A la intrigante cuestión de por qué instalar una suerte de sede de Hacienda de la época en punto tan inaccesible se suma la de por qué se alternaron estas órdenes en San Xoán de A Miserela hasta en dos ocasiones.

Estas son algunas de las preguntas a las que busca respuesta un equipo de arqueólogos encabezado por el director de la intervención realizada en el 2017, Ezequiel Lago. Tras haber presentado parte de los resultados en el último Encontro Arqueolóxico do Barbanza, los expertos darán a conocer los avances el próximo octubre en la Jornadas de Jóvenes Investigadores en Arqueología de Pontevedra, a la vez que ultiman la publicación de un artículo para su difusión en revistas científicas especializadas. Este se complementará con charlas explicativas y tendrá adaptado su lenguaje para llegar al público de a pie.

Bulas y escritos nobles

«En un escrito de 1754, Frei Martín Sarmiento recoge que todavía podía verse ‘la pequeña iglesia’ abandonada en la zona», explica Lago de uno de los primeros indicios, que motivó la elaboración de un estudio documental que indagó en el archivos generales de Galicia y en el nacional. Y si la tesis del profesor Miguel Andrade de la universidad compostelana ubica a los benedictinos como primeros moradores en algún momento del siglo XIII, el conocido fraile aludía a la presencia de los franciscanos en el lugar. Pero para determinar la década en la que llegaron estos últimos fue necesario analizar dos bulas papales, la Devotionis integritas vestrae de Benedicto IX en 1392, y la Ad ea de 1407. La primera fija el año en el que se otorga permiso para crear eremitorios y la segunda reseña la existencia del de A Miserela.

«Es curioso que los benedictinos se fueran a vivir a un sitio tan alejado y agreste como para establecer un priorato», anotó el responsable de la excavación, que sí logró dar con la fecha exacta de la marcha de los franciscanos, gracias a textos de un antigua familia nobiliaria boirense, los Goyanes.

«Uno de los hijos de esta familia sentía simpatía por esta orden e intentó buscarles un mejor emplazamiento», comenta Ezequiel Lago de referencias bibliográficas que señalan que «antes eran pobres, pero fuertes» o que incluso apuntan a la existencia de vándalos o salteadores de caminos en el entorno del priorato. Y aquí, sin duda, viene lo más intrigante de la historia.

Dichos documentos de finales del verano de 1474, se corresponden con un contrato de arrendamiento entre benedictinos y franciscanos para que, en un plazo de tres años, abandonasen y devolviesen A Miserela pasando a ocupar una de sus propiedades en O Xobre. La cláusula establecía que los benedictinos deberían ocuparse de los oficios religiosos si allí aún quedaban feligreses. La aparición en 2017 de restos de cerámica decorada, que no casa con el estilo de vida franciscana sin lujos, permitieron formular la hipótesis del extraño regreso.

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