El cenicero de los poetas


Lija y terciopelo

Por sacarme de la barriga ciertos azares del intestino me puse a hacer lo que me pedía el corpus: la biografía oficial del poeta irlandés Rusty McDonovan. Escribir sobre la vida de otra persona es una suerte de sudoku -o «songoku» como decimos en Padín-. Para resolver ciertos espacios en blanco tengo sobre mi mesa algunas de las cartas que él mandó al amor de su vida, Amy, la chica de la que nunca se pudo ir y con la que nunca pudo quedarse. La chica que fue perdiendo en el mismo vaso de ginebra donde zurcía, a fuego lento y lluvia fría, sus versos de golondrina.

«Me preguntas por qué te quiero, no sé responder a eso. Siempre seremos vagabundos, Amy. Nunca he tenido nada que darte, nada con lo que asirte a mi alma. Solo literatura de nadie, nanas del hambre y huellas de un baile que el sol dejó en el océano». Dice en una de sus cartas de la época en la que solo fumaba si no llovía, porque la lluvia de Massachusetts se llevaba las colillas del suelo antes que él.

Rusty estuvo sin rumbo muchos años, ganándose la vida escribiendo para otros y perdiendo cada una de las peleas que eligió. A veces era solo un hombre y casi siempre era un acantilado. Solo la muerte de Amy, tras una enfermedad, pareció suavizar aquel vértigo que él llevaba consigo. Por la fecha en la que está escrita, Amy nunca llegó a leer una carta de Rusty donde pone: «¿Por qué te quiero? Te quiero porque el día que volví, me estabas esperando».

Cuando lo conocí en Madrid se pasaba largas horas mirando a las nubes. A su manera, tranquilo. Perdido pero… como si lo estuvieran esperando.

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