El cubo y la pala


Creo que alguna vez ya les he comentado que en la lotería de la herencia genética, a pesar de ser el primogénito de tres hermanos, no he tenido la mejor de las suertes en lo que al reparto de dones se refiere. He heredado la calvicie de mis abuelos y no el pelazo de mi padre.

Más bien, de este he tomado la tendencia a inflarme más allá de mis posibilidades y dos o tres taras de importancia moderada, aunque, en honor a la verdad, este don de gentes suicida creo que también es cosa suya. Al menos la fortuna ha querido premiarme con los dos luceritos que mamá implantó en mi rostro y la suerte de poder expresarme con cierta facilidad. Esto último creo que es cosa de mi abuela.

Comienzo con este soliloquio egocentrista porque de Manolo el de la farmacia, el mejor de los hombres, heredé dos cosas completamente antagónicas: paciencia y un punto cascarrabias. Si me leen, saben que procuro ser lo más honesto posible cuando les hablo. Pero, si les soy sincero, esta tontería mía desgasta más de lo debido. Las actitudes quijotescas es lo que tienen, si cargas contra molinos es normal que te magulles. A veces me siento como el chiquillo que prepara un dique de arena en la playa mientras sube la marea: por mucho que trabaje con su cubito y su pala, siempre termina viendo la inevitable caída del muro.

Por eso hoy me quiero regalar este descanso en la vehemencia habitual. Sé que no soy Elliot Ness, -todavía razono-, pero de vez en cuando es saludable respirar y contar hasta diez para no rendirse de pura frustración.

Procuraré retornar con un cubo y una pala más grandes.

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