Fracasar bien


Como especialista en fracasos, permitidme unas acotaciones al innoble arte de perder. Lo primero: todo lo que pone en los libros de autoayuda es mentira, los fracasos no son maravillosos. Fracasar es lo peor, es áspero, es una mierda, crea heridas en el ego que luego se entrecruzan con la vida y así condicionan tu manera de relacionarte con la gente. En cierto modo la derrota atrae a la sombra de la amargura.

La amargura es resentimiento, vulgaridad, desconsuelo y pretensión inconsciente de afligir a los demás. El dolor que causamos a quien amamos es un bálsamo para el sufrimiento ególatra del amargado. La tristeza, en cambio, es una propiedad del espíritu. La tristeza es digna porque no pretende que los demás padezcan; es bella como los cuadros de Munch, las canciones de Amy y el rocío. Un hombre triste está lleno de humildad, resignación y amor. Un hombre amargado está lleno de vinagre. Es importante distinguir e intentar caer -si se cae- en la honorable tristeza y no en la venenosa amargura.

Lo segundo: no todo lo que pone en los libros de autoayuda es mentira. Siempre hay un factor suerte que no está en tu mano. Asume solo tu cuota de responsabilidad en el fracaso, no más. El porcentaje de azar es inevitable en el arte, en los estudios, en la vida. Cervantes era manco, tartamudo, murió pobre y no se sabe ni dónde están sus huesos. Le faltó suerte, pero fue el mejor. Fracasó bien. Intenta digerir la culpa y la verdad es que yo solo supe fracasar mal. No entiendo cómo me atrevo a decir a los demás todas esas cosas que nunca supe decirme a mí mismo.

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