Semana Santa


egún van pasando los años una sonríe más a los recuerdos de la infancia y de la juventud. En ese estado todo parece perdonable y aceptable, hasta agradable. Me ocurre esto también con la Semana Santa. Recuerdos dulces aunque en muchos casos provengan de una imposición, pues por aquel entonces no existía libertad para decidir participar o no en los solemnes ?aunque oscuros? actos religiosos que relataban la pasión, crucifixión y resurrección de Jesucristo. Se asistía y punto. Todo empezaba la semana anterior con la misa y procesión de la Virgen de los Dolores, después la alegría del Domingo de Ramos y ya la preparación, confesión y actos del jueves, viernes, Sábado de Resurrección y Domingo de Pascua. Había que participar aunque no fueses creyente, por real decreto.

En nuestros días, con nuestra celebrada libertad religiosa, propia de una democracia laica, me resulta muy curioso observar como personas que no viven a diario la fe cristiana, que no participan en sus cultos y ritos, que no tienen la oración como instrumento habitual de hablarle a su Dios, sufren estos días una transformación mística que haría morir de envidia a la mismísima Santa Teresa. Desempolvan sus capas, capirotes, mantillas y hábitos y se van a las iglesias más convertidos que San Pablo; o desfilan en procesiones con más fervor que San Ignacio de Loyola. Pero no solo eso, sacan su vena de Santa Inquisición ?todos los españoles la tenemos oculta? y reparten dogma, bulas y condena o absolución por doquier. ¡Que no hay cristiano más radical que el judío converso! Y si no que le pregunten a Torquemada y sus alonsos.

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