Aeropuertos


La criba

Cuando emprendes un viaje, además del fin principal del mismo, sea trabajo o diversión, puedes observar, aprender o divertirte con otras muchas cosas. A mí, de los aeropuertos me sorprenden, por ejemplo, los techos exageradamente altos; pienso que innecesariamente altos. Me cabrea, y mucho, que los hayan convertido en centros comerciales y que te obliguen a transitar cruzando las tiendas, a veces con dificultad para encontrar el camino a la puerta de embarque.

Allí, como soy de las que no tienen prisa en subir al avión, me descojono con gente mayor emulando a los colegiales intentando colarse o cambiarse de fila como si los primeros fuesen en un avión y los últimos en otro. También el descaro de personas que llevan más equipaje de mano que el necesario para una expedición al Polo Norte. Lo mismo al abandonar el avión tras el aterrizaje, cuando al final, en la mayoría de ocasiones, será un autobús el que acerque a todos a la terminal.

Después de ver muchos aeropuertos, tengo la teoría de que los diseñan para que los pasajeros se sientan incómodos y deseen volar cuanto antes a pesar de sus miedos. El maltrato de las maletas daría para flagelar a los mozos de pista. Y los precios y la calidad de los productos que expenden en los locales allí ubicados son motivo suficiente para enchironar hasta al que friega el suelo. Cafés vomitivos, hamburguesas infames, bocadillos raquíticos e insípidos o mobiliario que se parece a un potro de tortura son algunas de sus ofertas. Y por último, recordarle al personal de seguridad que no está reñido velar por el cumplimiento de las normas con la educación.

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