Premio Nobel ribeirense


Lija y terciopelo

Lo más humilde que hay soy yo. Como campeón de la humildad solicito desde esta tribuna… no solicito, ¡exijo! a la academia sueca que se me conceda el Premio Nobel de Literatura. Ya. Ya sé que todavía no tengo ningún libro escrito, que en mi haber solo hay estos artículos semanales, cuentos que quedaron finalistas -nunca ganadores- en concursos de Villapollos de Arriba y alrededores y algunos poemas que escribí cuando era tan azul el cielo y tan rojos sus labios. Eso, más la ilusión, debería de bastar.

Beethoven compuso enormes obras estando sordo. Borges describió mejor los colores de una flor cuando se quedó ciego… y yo obtuve un Nobel de Literatura sin escribir un libro. ¡Qué historia la mía! De la mediocridad a la perseverancia, de la perseverancia al apogeo.

Ya me veo, lágrima en ristre, dando el discurso en la Academia: «La universidad no me sirvió para nada, todo lo que necesité estaba aquí -señalo una foto de Rocky Balboa-. Dedicad todo el tiempo a los clásicos y a lo vuestro, el tiempo que pasáis criticando a otros es tiempo que dejáis de dedicar a vuestra obra. Sed individualistas, samuráis, grandes solitarios; ansiad la vida en las montañas, asearos con zarzas, levantad cada piedra y aullad. ¡Aullad!».

Al acabar se me acercó la viuda de Bukowski y me invitó a una fiesta. Johnny Depp a otra. «Papá ¿a qué fiesta vamos?», le pregunté. «Yo voy a la de levantarme a las siete a currar para pagar Internet y que puedas escribir cómo ganaste el Nobel con Jack Sparrow, pero llorando desde tu cuarto». En fin. Todo irá bien, pero no sé cuándo.

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