Barbanza conserva pozos mineros de la época dorada del wolframio

En sus tiempos, en Barbanza hubo una intensa actividad de extracción de la que quedan vestigios en zonas de Noia y Lousame


Los tiempos en los que el wolframio era un mineral muy valioso para la fabricación de armas, entre 1920 y 1950, coincidieron con una época de penurias económicas para la población que llevó a muchos a intentar sacar provecho de la riqueza minera de la comarca. Unos lo hicieron trabajando en las explotaciones, y otros de forma clandestina. La minería de estraperlo fue una realidad que convivió con la actividad en las concesiones reconocidas legalmente, y de ambas queda todavía una huella importante en los montes de la zona, fundamentalmente en Noia y Lousame.

Los vestigios de la actividad en pozos y galerías son todavía visibles pese a que en el pasado hubo varias iniciativas para localizar, sellar y asegurar cualquier agujero en la tierra o conducto relacionados con la extracción de mineral. Estos trabajos se desarrollaron en, al menos, tres oleadas. En 1998 se tapiaron un total de 131 pozos en los municipios de Boiro, Noia, A Pobra, Porto do Son y Ribeira; en el 2001 se localizaron y cerraron otro centenar de zanjas y socavones en Carnota, Lousame, Mazaricos, Muros y Outes; y en el 2008 se localizaron una docena de viejos pozos en el término noiés que también acabaron cegados y señalizados.

Sin embargo, estas actuaciones no fueron suficientes y en el 2015 y el 2016 por parte del Concello lousamiano y una empresa encargada de la gestión del monte de Silvarredonda se dirigieron a la Consellería de Industria distintos escritos para pedir que se tomaran medidas ante el hallazgo de nuevas zanjas y respiraderos abandonados relacionados con la actividad minera.

Nuevos casos

En ese caso, los pozos estaban en la zona de influencia del yacimiento de San Finx y, según explicó la alcaldesa, Teresa Villaverde, se actuó en consecuencia para evitar posibles accidentes. Pero los restos de la explotación de mineral siguen apareciendo y hace apenas unas semanas vecinos de Gandarela se dirigieron al Concello advirtiendo de la existencia de profundos socavones en su monte comunal.

Cuando se tiene constancia de algo así, se inspecciona la zona y se localiza la ubicación exacta de las excavaciones con GPS para informar a la Xunta sobre la situación y que esta indique cómo proceder y qué medidas tomar. Y es que, según explicó la regidora, hay respiraderos que no deben sellarse. En ese caso, se señalizan debidamente y se ponen candados en las entradas a las galerías para impedir el acceso.

Con todo, no todo el mundo es consciente del peligro que entraña adentrarse en las minas abandonadas: «Tivemos que repoñer os cadeados varias veces porque os forzaban para entrar».

Señala, además, la dificultad de situar sobre el terreno toda la infraestructura creada con la actividad minera porque muchas excavaciones eran clandestinas: «Naqueles tempos andábase á roubacha de volframio e os pozos que escavaba a xente quedaban abertos. Antes estaban localizados porque a xente andaba no monte e sabía onde estaban, pero agora é difícil atopalos».

De la minería de estraperlo habla también Eduardo Moledo. El responsable del equipo de emergencias de Noia lo hace además con conocimiento de causa ya que él colaboró en la localización de los pozos que se sellaron hace años, y reconoce que todavía quedan algunos abiertos.

No solo clandestinos

Sin embargo, no todos los vestigios que quedan en territorio barbanzano tienen que ver con la minería de estraperlo, también existen pozos y galerías que en su día pertenecieron a empresas a las que se dio una concesión y que llevan décadas sin actividad. En esta situación está, por ejemplo, la galería que el año pasado se derrumbó en A Barquiña llevándose por delante el alpendre de una familia.

Ese pozo pertenecía a la antigua mina de wolframio Carmen y, tras la visita que realizaron a la zona técnicos del Instituto Geológico Minero de España, de la Cámara Oficial de Mineros de Galicia y del colegio de geólogos, se sellará debidamente mientras se sigue estudiando en subsuelo por si aparecieran otras bocaminas con riesgo de desprenderse. Sin embargo, según explicó al alcalde noiés, Santiago Freire, se concluyó que el derrumbe de A Barquiña fue una situación puntual por la erosión que sufrió el terreno y que no hay peligro.

Ante lo ocurrido en Noia, hay quien se muestra muy crítico con la política seguida con respecto a las explotaciones. De esta opinión son en la comunidad de montes de Froxán: «As concesións extinguíronse no seu día e non se obrigou a ningunha empresa a repoñer o terreo».

Más de medio centenar

Como consecuencia, quedaron al descubierto decenas de labores mineras ?solo en Lousame se inventariaron 57 en los años 90? y aseguran que en su territorio ellos mismos están tapando las perforaciones que se localizan porque «son un perigo», y han colocado señales advirtiendo de la existencia de pozos.

De hecho, en la comunidad de montes conocen la existencia de algunos de esos respiraderos, calicatas y galerías y aparecen inventariadas en el estudio realizado por la Xunta en su momento para localizar y sellar todas las infraestructuras mineras en la zona. Añaden, además, que pertenecen a la concesión de San Finx: «O da actividade clandestina é un conto, dicir que un pozo de 50 metros o fixeron uns veciños é rirse da xente».

Eduardo Moledo: Responsable de emergencias de Noia

«Hai cinco ou seis anos sacamos a un veciño que caera nun dos pozos»

El responsable del equipo de emergencias de Noia, Eduardo Moledo, conoce bien el terreno que pisa cuando se habla de la actividad minera en el municipio. Ya formaba pare de la agrupación cuando a finales de los 90 se impulsó el primer plan para localizar pozos, galerías, calicatas, zanjas y cualquier perforación que estuviese relacionada con la extracción de mineral, y también participó en los trabajos de sellado que se realizaron en el 2008, los últimos llevados a cabo hasta la fecha. Pese a todo aquel trabajo, reconoce que quedaron algunos pendientes: «Daquela non se deran tapado todas as minas».

La muerte de un joven de Boiro que cayó fortuitamente en un pozo en 1997 fue el desencadenante de las actuaciones para localizar y señalizar cualquier vestigio de la actividad minera, no solo en la comarca, sino que el plan se extendió al conjunto de Galicia. Desde entonces, no ha habido que lamentar más víctimas, aunque sí que hubo algún susto: «Hai cinco ou seis anos sacamos a un veciño de Vilaverde que caera nun dos pozos. Era pouco profundo, pero non era capaz de saír polos seus medios que tivemos que rescatalo».

Cuenta que hay muchos ejemplos de socavones y zanjas de más o menos tamaño obra de la actividad clandestina, y se concentraban en puntos muy concretas del municipio, cercanos muchas veces a explotaciones mineras: «Na zona de Barro e na Barquiña había minas que facían os propios veciños. Era o tempo da fame e sacaban terra buscando o filón, e cando o atopaban quedaba así, non se chegaba a tapar nunca».

Eran conocidos

En los tiempos en los que la extracción de mineral de estraperlo era una salida a la que muchos recurrían para sobrevivir, e incluso mucho después, los montes eran lugares frecuentados y que se mantenían cuidados y libres e maleza, de manera que los socavones que se abrían en busca de wolframio «eran coñecidos, a xente sabía onde estaban e ademais víanse», de modo que el peligro que suponían era relativo.

Sin embargo, una vez que el monte se dejó de lado, la proliferación de la vegetación ocultó muchos de esos pozos, convirtiéndolos en una trampa para senderistas, deportistas o incluso trabajadores forestales.

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