Dejad mi obituario en blanco, gracias


Ojalá pudiera sacudirme de encima este malestar que se siente como portar un grueso e innecesario abrigo mojado en verano. Como cuando te obligas a leer borracho y acabas deambulando a bandazos de un lado a otro de las páginas entre los mismos párrafos. Como cuando haces repaso del año vencido y descubres que lo peor no es que puedas reciclar entera tu lista de propósitos anterior, sino que recuerdas que no has hecho ni la declaración de la renta. Ojalá que el dolor fuese al menos ligero.

Quizás lo peor de estas líneas no sea su redacción o sus ganas de romper los barrotes de los corondeles, filetes y hasta los márgenes del periódico. Lo realmente duro es la sensación de haberlas escrito un millón de veces. En papel, sobre la pantalla, a sangre en mis pensamientos... No importa. El rastro siempre se esfuma como si las hubiese dibujado sobre un espejo empañado y eres consciente de que no va a volver hasta el próximo aliento.

«¿De qué diablos está hablando?», se pregunta el impaciente lector sin saber que también hablo de él. Tras tamaña licencia poética, merecedora de ser llevada en volandas como la frivolidad vencedora de cualquier edición de Arco, lanzo esta sinopsis como quien tira un salvavidas a un hombre a la deriva y acto seguido echa carbón a la máquina para esfumarse. Esta es una crónica de las palabras que más hieren, aquellas que nunca fueron pronunciadas.

Son las mismas palabras que nunca resonaron durante ese café con Plácido que siempre fui posponiendo, pero que nunca llegamos a tomarnos. Forman parte de la llamada telefónica que corté demasiado pronto porque estaba de viaje y en la que Maxi dijo que no me preocupase, que disfrutase de Sevilla y que ya hablaríamos cuando regresase. Espero que al menos os haya parecido gracioso desde el Parnaso y que cuando no miren Miguel Hernández ni Rosalía me dejéis la llave bajo el felpudo para visitaros.

Son las mismas palabras que constituyen el grueso de la invitación a que tomara asiento en la terraza junto a Callón para conversar y que decliné ingenuamente porque tenía prisa por llegar a algún lugar en el que probablemente iba a sentarme.

Y en mis horas más bajas pienso que ojalá fuesen solo palabras y no también gestos perdidos. De todas las veces que la loba y yo pudimos coleccionar ocasos, pero me quedé en el sofá junto a la ventana. De las visitas a la otra ría de mi familia que no lograría recuperar ni en una década. De los abrazos perdidos que parecían un exceso en la amistad hasta que la separan kilómetros de olvido. Incluso de la ausencia de un último beso de despedida.

¿Que de qué diablos estoy hablando? De los cerezos japoneses floreciendo antes de tiempo. De lo mismo que los filósofos, literatos y toda esa gente más lista que yo ha hablado desde que existe habla. Del inexorable paso del tiempo burlándose de nuestra prisa y la creencia de que no hay nada más importante que ella. Dejad mi obituario en blanco y gastad esa tinta en las palabras que nunca pronuncié.

Por Antón Parada CIUDADANA

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