Roberto Aguado: «Hemos pasado de ser unos padres maquiavélicos a una hippilandia total»

Dice que los progenitores carecen de autoridad y no ejercen control sobre sus hijos


ribeira / la voz

El psicólogo y comunicador Roberto Aguado recalará mañana, a las 19.30 horas, en el teatro Elma de A Pobra para impartir una conferencia sobre la educación de los niños. La cita está promovida por la ANPA Cadreche, perteneciente al colegio Pilar Maestú. El ponente ofrecerá a los presentes una serie de pautas a aplicar en la relación diaria con sus hijos. Asegura que, después de tres décadas trabajando en el ámbito de la intervención clínica, ha decidido apostar por la prevención mediante el control de las emociones.

-¿Cuál será el eje de la conferencia que impartirá en A Pobra?

-Hablaré sobre la prevención, sobre la necesidad de enseñar a los niños a adaptarse en la realidad en la que viven. Y ahí entramos en el ámbito de las emociones. Hay que activar la emoción de la forma más útil posible en cada momento para que las respuestas de los niños sean mejores. La rabia lleva a que los chavales increpen a los demás, pero a través de las emociones podemos conseguir que aprendan a gestionarse. Desde la ciencia hemos descubierto que no lo estábamos haciendo del todo bien.

-¿Cuál sería entonces el método adecuado a aplicar?

-La mayoría de los padres y profesores creen que hay que hacer comprender, pero lo que realmente hay que conseguir es que el niño aprenda a ver cómo se siente cuando hace algo mal. Si por ejemplo, quita un juguete a otro, tiene que darse cuenta de que ha actuado desde la rabia y la envidia. Estamos criando en base al castigo, cuando deberíamos orientarnos hacia el daño que se le provoca a la otra persona. Pongo como ejemplo la paradoja de que, para conseguir que ese niño devuelva el juguete, nos enfadamos y nos colocamos en esa posición de rabia. Transmitimos la idea de que el que tiene más rabia es el que se sale con la suya. También es cierto que damos a los niños responsabilidades que no tienen. Hay padres que sienten que no pueden mirar el teléfono de niños de 11 y 12 años porque traicionan su confianza, pero no hacerlo es abandono. No podemos permitir que estos niños vayan solos por las redes sociales.

-¿A qué atribuye esta especie de descontrol que parece registrarse en el ámbito educativo?

-Socialmente, existe la posverdad de que los niños tienen que tener libertad. Se ha pasado de una sociedad dictatorial, en la que los profesores llegaban a golpear a los alumnos -algo que por supuesto era terrible-, a un nivel en el que los niños son los dueños de las casas y los colegios, llegando a chantajear a padres y profesores. Los niños tienen que tener un referente que los guíe. Los padres vivimos con esa tragedia de considerar que ser buenos progenitores es hacer que nuestros hijos sean siempre felices, pero tienen que enfrentarse a la realidad. Estamos en una época de transición y hemos pasado de ser unos padres maquiavélicos a una hippilandia total, por lo que se hace necesario encontrar un término medio.

-Pero parece que se postula en contra del castigo...

-Del castigo sin enseñanza, sí. Castigar para perdonar a los dos minutos no vale de nada, es entrar en una guerra que no conduce a nada. A veces se imponen castigos para que los niños nos dejen descansar cuando estamos en casa, pero hay que entender que, cuando uno tiene hijos, no puede ir a casa con la intención de descansar.

-¿Cómo se pueden llegar a detectar problemas graves?

-De la manera más sencilla, conociendo a nuestros hijos. Una persona no puede llegar a la consulta con una niña que ha perdido 40 kilos y decir que no se dio cuenta de que estaba adelgazando, como no se puede ver que un chaval llega con las pupilas dilatadas y no se sabe que ha bebido. A veces nos engañamos a nosotros mismo y relativizamos los problemas. Lo que hay que hacer es estar siempre presentes y ver las reacciones de nuestros hijos.

-¿Son los padres de hoy demasiado blandos?

-No, pero los padres estamos demasiado alejados de la realidad. No estamos presentes ni siquiera en nuestras vidas. Estamos más pendientes del pasado y del futuro que del presente.

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