Rebuznando


Sucedió en el Madrid posfranquista, en plena batalla por delimitar las parcelas ideológicas con sus marcos reales. Casi todo se dirimía en el tejido asociativo -impensable la política sin él por aquellos tiempos- y, en la calle, no menos indispensable para mostrar músculo y maquinaria. Algún energúmeno retrógrado escribió en una pared: «¡Vamos a matar al cerdo de Carrillo!». Y alguien, con bastantes más luces, lejos de borrarlo, añadió debajo: «¡Cuidado Carrillo, te quieren matar el cerdo!». Ahora sería impensable tanta imaginación, inteligencia y buen hacer.

Me viene esto a la cabeza porque algún bulto con patas, manos y un espray de pintura ha ultrajado un bonito mural en el instituto de A Cachada (Boiro); una obra que siendo de bella ejecución, merecedora en su momento de un premio, lo más importante era su mensaje; un canto a la mujer libre y al respeto que esta se merece. Pues el susodicho quiste sebáceo, con ínfulas literarias, dejo plasmado un rebuzno a modo de loa a sus semejantes de la Manada. Debe ser su forma ancestral y no evolucionada de comunicación, mear en el territorio que consideran enemigo.

Y digo yo que dada la escasa capacidad de raciocinio del animal en vez de borrar sus cuatro palabras -¡que ya es para festejar que lograra juntarlas!- sería mejor dejarlas ahí, en la pared, añadiendo más arriba: «¿Serías capaz de enseñarle esto a tu madre?». O cualquiera otra que deje en evidencia a su autor, o autores, pero sin entrar en mayor batalla con ellos. Primero, porque ya se han definido a la perfección y, segundo, por lo estéril que sería el intento de contactar con sus neuronas.

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