Adiós al último vestigio de la represión

El picudo rojo ha hecho sucumbir a las dos centenarias y gigantescas palmeras que fueron testigo de lo ocurrido en el campo de concentración de Rianxo


Ribeira / La Voz

El último vestigio que permanecía del campo de concentración habilitado en Rianxo a finales de 1937 ha desaparecido para siempre. Dos gigantescas palmeras eran el único testimonio vivo que quedaba de aquella época y eran el símbolo de la represión en la comarca. Desde su posición vieron el esplendor de la industria salazonera, los horrores de la guerra, la implantación de la conserva y hasta el bum inmobiliario. Resistieron el envite del oleaje en los días de temporal y vieron como los sucesivos rellenos alejaban el mar de ellas, pero no han podido sobrevivir a la plaga del picudo rojo que está diezmando esta especie.

Hace unos días, unas vecinas veían con tristeza desde una ventana como las centenarias palmeras acababan convertidas en seres inertes, una pérdida que lamenta especialmente el historiador rianxeiro Xesús Santos, coautor de un libro sobre el campo de concentración: «¡Que pena! Eran as únicas testemuñas que quedaban do que pasou alí».

Antigua salazonera

Ni siquiera él, que ha estudiado la zona en profundidad, puede precisar desde cuándo estaban allí los dos ejemplares, pero sí tiene claro que durante la Guerra Civil ya estaban: «Hai unha foto dos mandos do campo coas palmeiras de fondo e xa eran unhas árbores adultas».

Antes de servir de recinto para los prisioneros republicanos, las instalaciones fueron una fábrica de salazón perteneciente a la familia Goday. En su libro Rianxo na ditadura franquista, Santos y Xosé Comoxo sitúan la fundación de esta industria en los años 70 del siglo XIX y muy probablemente fue entonces cuando se plantaron unas palmeras que se habían convertido en un símbolo.

Los ejemplares estaban infectados y se han talado por motivos de seguridad

Actualmente, el terreno que antiguamente ocupó el campo de concentración pertenece a una entidad bancaria. En la zona se construyeron chalés adosados y estaba prevista una segunda promoción, pero la crisis económica echó por tierra el proyecto y la propiedad acabó pasando a manos de un banco, dueño también de las emblemáticas palmeras taladas hace unos días. El alcalde rianxeiro, Adolfo Muíños, explicó que los ejemplares se cortaron por motivos de seguridad.

Ambas palmeras estaban infectadas por el picudo rojo y se corría el riesgo de que alguna de sus ramas se desplomase provocando un accidente. También el regidor lamentaba su pérdida: «Cortáronse por precaución, pera evitar riscos. É unha pena porque é o que quedaba da antiga fábrica de Goday e do campo de concentración». Ahora, solo la placa colocada en el año 2003 recuerda que allí se erigió un recinto para prisioneros.

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