Torturas


En este momento de España, en su sentido de grupo social o pueblo -ya sé que muchos vomitan sobre 500 años de historia común, con su más y sus menos, pero a la postre en el mismo barco hasta ayer por la noche-, a una le entra la risa floja viendo el porvenir que le espera a un país viejo, que vende las joyas de la abuela exportando a sus jóvenes más cualificados y donde nadie se entiende con nadie a pesar de todo lo que nos une. Esta piel de toro ya no tiene sitio para tanto zurcido ni para tanto mediocre que día a día cava más y más metros de trincheras. Que han convertido este lugar en una cloaca donde se hace política barata con todo, pero no existe la menor intención de afrontar nuestros retos y desafíos claves.

No hay humildad, no hay sosiego, no hay honradez, no hay modestia, no hay seriedad y no hay responsabilidad ¡Y con todos esos mimbres no les arriendo la ganancia del cesto! Y no lo digo solo por los políticos, porque ellos, no lo duden, son un reflejo de la sociedad que los ha parido. La capacidad de sacrificio está desapareciendo y con ella la de crear ilusión por mejorar, instalándose mucha gente en un tedioso sobrevivir. Sin más. Y esa no es una gran expectativa para el país.

Hace varios días leía una noticia sobre una cárcel mexicana donde torturaban a los presos con música de Maluma. Yo les diría a los carceleros que si quieren ser más malos que los hermanos Malasombra -que eran malos de verdad-, les pongan el audio de una sesión del Congreso de los Diputados. Hasta el reo más duro se convertirá en una sensible Heidi con tal de no repetir medicina. Del Senado ya sería perversión.

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