Una pedaleta llamada Deseo


Primera escena: Coroso. Personajes: dos quinceañeros, M. y E., pasean ahuyentando las timideces de la adolescencia. El sol mortecino da a la secuencia una penumbra de melancolía, como si todo hubiese ocurrido hace mucho tiempo. E: «No se dice pedaleta, se dice hidropedal». M: «Ya me entiendes, las cosas esas amarillas». E: «Sí, te entiendo, pero no se dice pedaleta, se dice hidropedal. Todo el mundo lo dice mal». M: «Vale, pesado, ¿montamos en una hidropedaleta -ríe- y damos una vuelta?». E: «Vamos allá, chica».

Segunda escena: Pedalean, pronto están en la mitad de la ría. M: «Oye no hemos traído crema». E: «Cierto. ¿Y hemos pagado al del hidropedal?». M: «¡No! Me dejé la cartera en el Youngers, ¿cómo nos hemos podido olvidar?». E: «Pues yo no tengo dinero. No puedo volver así, soy el hijo del boticario». M: «Anda qué… ahora te acuerdas de quién eres hijo, con las que tú has liado». E: «Ya, no sé por qué hoy me da tanta vergüenza». M: «Habrás madurado».

Tercera: océano Atlántico, M. y E. ya no son quinceañeros, tienen más de 80 años, siguen pedaleando. E: «Ha sido largo el viaje, y duro. Cuando empezamos no había ni crema. Hemos pasado frío, sorteado tormentas, matado piratas y comido ballenas. A lo mejor la vida hubiera sido más fácil si hubiésemos vuelto a Coroso aquel día y cada uno nos hubiésemos ido para casa. ¿Te lo has planteado?». M: «Sí, pero tú seguías pedaleando». E: «Tú también. Y, además, tienes alas, siempre te las he visto». M: «Y no me fui». E: «Y no te fuiste». Siguen pedaleando, se pierden el horizonte. Telón.

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