Atardeceres anónimos


(In)Somnium

Desciende el otoño desde su ecuador hasta los bordes sombríos del invierno. Ya te alejas otoño a lomos de ríos que rebasaban el caudal de sus cauces, como caballos desbocados que galopan descalzos hacia el mar. Ya te alejas acompañado de los ecos que nos hablan de las bulliciosas horas de los dorados días del sofocante verano pasado.

Son las doce de la mañana. Es el 2 de noviembre, día de Difuntos del 2018. Ahora que comienza a agonizar el año, se hace necesario escribir las palabras en el mismo lugar al que designan. Y decirlas como lo que eres: hijo de una campesina. Es tenue el aire en el camposanto de Abanqueiro. Es tenue, fresco y luminosamente metafísico.

Late un silencio mineral en este mediodía. Suenan unas pisadas sobre la gravilla, suenan como lentos pasos que vienen desde lejos. Te vuelves y miras: una mujer se santigua y se inclina delante de un nicho. Solo hay una cosa inmortal: la muerte (y la vida). Unos minutos más tarde, desde la abierta atalaya del viejo cementerio, al fondo se divisa la calmada tela grisácea del mar. Una pareja de enamorados avanza despacio sobre las antiguas lápidas: vestigios visibles de rostros invisibles. Saludan y bajan lentamente las escaleras. Con las manos en los bolsillos caminan como si se dirigiesen hacia un incierto destino.

Horas después, contemplas desde la ventana el aire plateado de la tarde. E imaginas que en ese momento ya no hay nadie en el recinto sagrado. Y, miña nena, se me viene al pensamiento que, cuando la parca te venga a buscar, me gustaría que depositasen tus cenizas junto a las mías, que las depositasen como flores tardías para adornarlas, para que las iluminen como la antorcha con la que habías guiado los barcos de mis naufragios.

Mas aún estamos los dos aquí. Aún compartimos nuestros momentos felices, nuestras horas solitarias. Aún contemplamos juntos los anónimos atardeceres de este colorido otoño. Con ellos poco a poco vamos envejeciendo juntos, aunque tú menos. Para cuando me vaya diluyendo lentamente en el espacio de lo indescifrable, entonces todavía tu rostro, querida, conservará rasgos de tu joven ternura.

¿Sabes? Doña Ginebra, antigua reina de Bretaña y compañera del mago Merlín, también amaba los crepúsculos, sobre todo los gallegos, los cuales aprendió a paladear durante su larga estancia en un pazo a dos palmos de Mondoñedo. Mientras estaba atrapada en el embrujo de esos atardeceres que coronaban lenguas de nubes ardiendo en el cielo, acariciaba las sienes de su viejo perro y entonces, al mismo tiempo, la alondra se ponía a entonar la melodía de las cenizas enamoradas.

Al caer la tarde, regresas al camposanto para tomar unas fotografías. Nadie anda por el engalanado recinto. Hubo un tiempo en que pocos eran los que se atrevían a acercarse a las inmediaciones del camposanto cuando la noche se tendía sobre el templo. Es hora de volver a casa. Lo anuncian las palomas torcaces, que han levantado el vuelo y ya enfilan hacia el este, hacia la orilla de la laguna, donde buscarán cama en los alisos y sauces, como yo la buscaré en tu alcoba, a tu cálida vera.

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