El cansancio


Hace mucho que conozco estas frases de Pessoa: «El cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones -la pérdida de ellas, la inutilidad de tenerlas, el antecansancio de tener que tenerlas para perderlas, el pesar de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían tal fin». Siempre las he tenido presentes, pero nunca como ahora se me habían clavado tan hondas. Me canso de mis propias ilusiones, me vencen al precipitarse al vacío como el agua que truena. Es mi propia arrogancia una de las causas; ese «consejos vendo que para mí no tengo» semanal que me horada el cráneo de parte a parte. No se puede estar siempre beligerante. No se puede estar siempre de buen humor.

Es increíble ver como cualquier charlatán logra poner sus desvaríos e ingenios en boca de legiones de escaso criterio. ¡Apelemos al libre albedrío y vayamos directos a la caldera del volcán! Otra copa camarero, anestésieme aquí y ya veremos lo que resta después de la fiesta.

El deseo de conocimiento se nos encoge como una camiseta de algodón barata cuando la verdad se tiñe de un color que no nos gusta: ¿Sabían que Franco no inventó la seguridad social? ¿Sabían que los españoles fueron los colonizadores que menos asesinaron de los grandes imperios de la historia? Certezas históricas que no gustarán a ninguno pero que son. Por mucho que busque una cita sesuda como la de Pessoa, la historia es la que es. Se podrá narrar en prosa o en verso, pero es inalterable… salvo que tengan un Delorean y un condensador de flujo; eso sí que sería alentador.

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