Gustavoz Muñiz: Un sueño de bailar cumplido lejos de casa

La falta de formaciones en Galicia dedicadas al ballet clásico llevó al boirense a recorrer media España


Ribeira / la voz

Algunos boirenses seguro que han seguido la trayectoria de su vecino Gustavo Muñiz (Boiro, 1975), pero este nombre le resultará extraño a muchos otros. Como tantos talentos, este también tuvo que huir de su tierra para cumplir su sueño. Después de nacer artísticamente en el Ballet Folclórico local y de formarse en el conservatorio de A Coruña, no dudó en hacer las maletas ante la falta de alternativas que tenía ante sí en Galicia. Yéndose logró, no solo dedicarse profesionalmente a la danza, sino participar en las grandes compañías de España y pisar los principales escenarios.

Aunque entró en contacto con el baile, como tantos otros niños, para divertirse, no tardó en descubrir que era su gran pasión: «Lo único que quería era seguir bailando y mejorando mi técnica. Lo cierto es que nunca me planteé que mi vida podía ser de otra forma». Por eso, tomó primero la decisión de ingresar en el conservatorio de A Coruña: «Era como una prueba para ver si podía conseguir la técnica que demandaba una dedicación profesional al ballet».

La mejor formación

Después, se desplazó a Madrid, tras hacerse con una beca concedida por la Diputación de A Coruña: «Necesitaba entrenar a otro nivel y ver lo que se hacía fuera. No fue fácil, puesto que tuve que dejarlo todo y enfrentarme a largas y complicadas sesiones para mejorar mi preparación». En la capital tuvo ocasión de aprender de la mano de los mejores, en el Centro Internacional de Danza Carmen Roche.

Dispuesto siempre a sacrificarse, el boirense no tardó en despuntar y superó con éxito una prueba que lo llevó a ingresar en el Ballet Clásico de Madrid. Su trayectoria siguió a partir de entonces dibujando una línea ascendente, a la que también contribuyó una estancia en el Ballet Neoclásico de Cataluña: «Las actuaciones y las giras fueron despertando en mí una forma de bailar propia y mejoré con rapidez».

Trabajaba para dar el salto al Ballet de Zaragoza y lo logró. Perteneció a dicha formación seis años, que lleva grabados a fuego en la retina y que recuerda como su etapa dorada; eso sí, con altibajos: «Tuve una lesión importante que me llevó a replantearme mi carrera y la forma de bailar. Cuando eres joven vas a tope, a todo lo que da el cuerpo, pero llegado el momento hay que saber aminorar la marcha».

El freno definitivo le llegó de forma inesperada, con la disolución de la agrupación zaragozana. El boirense se planteó entonces tirar la toalla, pero la posibilidad de regresar a Galicia con un proyecto ilusionante le hizo cambiar de idea: «Me llamaron para participar en un centro coreográfico que se estaba gestando». Pero en menos de un año, tras comprobar que este proyecto no le garantizaba la estabilidad que buscaba, dimitió.

El último viaje

Haber trabajado con los mejores suele abrir puertas, aunque sea lejos del hogar. Tras la experiencia en Galicia, Gustavo Muñiz fue reclamando en Valencia por Mauro Galindo, con el que había trabajado en Zaragoza, e hizo de nuevo las maletas. Allí fue donde acabó su carrera como bailarín y donde inició después la nueva etapa en la que se encuentra inmerso actualmente: «Me retiré, aprovechando que mi mujer estaba embarazada, y me dediqué por completo a mi familia, que se lo merecía».

Cuando volvió a la actividad, lo hizo convertido en profesor, transmitiendo la parte del ballet que se puede aplicar a la gimnasia rítmica: «Es una etapa muy interesante, porque me ayuda a sentir que sigo aprendiendo. Con cada niña afronto nuevos retos». Eso sí, reconoce que un bailarín lo es para toda la vida y habla con añoranza de los momentos vividos en el pasado: «Me he sentido muchas veces en el techo del mundo, cuando el telón se cerraba y volvía a abrirse, con el público puesto en pie».

Pese a sentirse uno más de esa fuga de talentos de la que tanto se habla, Gustavo Muñiz no se arrepiente de las decisiones tomadas: «El baile era para mí una necesidad vital. No buscaba éxito ni dinero, solo quería dedicarme a la danza». Cumplió su sueño y por partida doble: «Disfruté de mi capacidad como bailarín pisando infinidad de escenarios y además pude tener una vida personal plena, ya que mi familia siempre me acompañó».

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