Proteccionismo o la búsqueda individual de la felicidad


Ser médico es elegir una profesión condenada al fracaso. Al final, el paciente siempre muere. En ese afán por prolongar la vida y extender los límites de la frontera entre ser y no ser, sus recomendaciones se transforman en un conjunto de normas agobiantes: no comer, no beber, andar, practicar ejercicio, dormir poco, que transforman la existencia en un martirilogio.

En el hospital se me acercó un hombre cojo y manco. Me contó lo que sigue:

-Perdeu nunha perna nun accidente laboral. Comprou un motocarro de tres rodas e dedicouse ao transporte de mercadorías miúdas, sen facerlle ascos ao contrabando de tabaco.

-Na dorna saía a faenar pola noite. As súas nasas non volvían de baleiro, o peixe e mailo marisco vendíano a muller e os fillos polos bares do porto no inverno, e aos visitantes polo verán. Trampeando, uns días mellor e outros peor, sacou a familia adiante: un fillo caeu na droga, a filla estudou para mestra, o mais novo traballa nas plataformas petrolíferas do Mar do Norte e gana para comprar un piso cada ano.

«Abuso un algo de máis do tabaco e do alcohol», siguió contándome sin quitar ojo de las pantallas en las que el nombre de los paciente se transforma en un código robótico, al modo y manera del C-3PO de la Saga galáctica.

Un accidente le dejó sin vista en el ojo izquierdo: «Veño para una revisión da vista por causa da diabetes». Al salir de la consulta, su hija le reconvenía con dureza por no cumplir las recomendaciones del doctor: «Escoitaches ao médico, nada de tabaco nin alcohol, vaite esquecendo de xantar touciño día si, día tamén».

Mientras se acomodaba en la silla de ruedas me guiñó un ojo y me susurró: «Teño 87 anos, vivir por vivir no me fai conta. O médico cumple o seu traballo e a min tócame desempeñalo meu, antes morto que cadáver. ¿Ti entendes, non si? Do cigarro e do coñac non me retira nin aínda que mo pida Deus en persoa, prefiro ir para o outro barrio antes de andar a berros e liortas na casa como un drogadicto en cura de desintoxicación nunha vida sen substancia».

Aquel hombre planteaba a su modo y manera cuáles son los límites de libertad. ¿Puede un Estado proteccionista imponer límites a la búsqueda individual de la felicidad? Woody Allen lo explicaba así: «Algunos buscan la inmortalidad por sus obras, yo prefiero la inmortalidad de la vida eterna».

Vivir no es solamente sobrevivir, consiste en sentirse dueño del destino, sea cual sea el peaje a pagar. ¿Puede un Estado proteccionista protegernos de nosotros mismos y en contra de nuestra voluntad? Ayer fue su entierro.

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