Crisantemos de agosto


Una flor como el crisantemo, que en todo el mundo golpea los sentidos y alegra los corazones, en esta España nuestra se siembra sobre las losas del cementerio en la mañana del día de Todos los Santos, cuando el mes de noviembre inaugura el descenso a los infiernos que reside en los meses de corazón helado y besos de mármol. No sé qué pudo impulsar a nuestros antepasados a castigar al crisantemo con el tormento de acompañar el recuerdo dañino de nuestros muertos matando en los camposantos su alegría nacida en los cielos orientales de la felicidad, al compartir dolores, lágrimas y ausencias definitivas. Así fue como descubrí los crisantemos de agosto. Son bellos como dioses recién nacidos, transparentes como alas de mariposa y tenues como el vuelo inocente de las libélulas.

Los crisantemos de agosto representan a los que no regresan. A aquellos que tanto amamos cada año cuando el estiaje se tiende como una vela de lona que volandera hace que el viejo navío que nos lleva navegue una cuarta por encima de la mar y llegue a echarse a volar impulsada por el viento ebrio de la felicidad perpetua. Esos amigos que llegan como rosas derrochando aromas y recuerdos; historias inolvidables de una juventud abrasada en las hogueras que encendíamos en las playas para competir con el fuego divino de las estrellas. Esos amigos, sí, entonces eran rosas de té, versos de seda que se abrían con la primera brisa de la amanecida.

Ahora, los que regresan al puerto del que partieron llevados por la llamada cruel de la necesidad de vivir a cualquier precio, llegan enfermos, desahuciados. Muestran sus pétalos ajados, heridos por manchas indelebles que afean su piel, aquella piel suave que recorrían nuestros dedos mientras veíamos como se ocultaba el sol resbalando entre los senos de monte Louro. Eran rosas, rosas de té unos y animadas hortensias otros, parloteando como gorriones en los rincones frescales del jardín de nuestra iniciación a la vida. Pero hoy, y ayer, y mañana, del autobús, del tren o del avión ya no descienden las siemprevivas ni los jazmines. Solo puñados de crisantemos que representan a aquellos que durante la larga travesía del invierno, se han ido quedando por el camino. Unos en las asépticas atmósferas de los hospitales, otros sobre el asfalto de la gran ciudad cuando, de vuelta a casa, los asaltó una navaja de plata que les partió el corazón. A los más, la pena oscura que todo lo sepulta los envolvió en su manto de arpillera y los arrojó al horno en el que arden incombustibles las vanidades y los mejores sentimientos.

Los crisantemos de agosto flotan inalcanzables en la mar rebelde que nos separa de los sueños más amados. Alguna vez tuve la osadía de seguirlos hasta las mismas puertas de la muerte y, como cuando era niño, aquel crisantemo amado que fue mi mejor amigo, se alejó como la pelota que, llevada por la corriente, antaño perseguí sin éxito.

Me aterra, pero en mi jarrón este año, tres crisantemos de agosto agonizan apoyándose los unos en los otros. Nada puedo hacer. Los riego con mis lágrimas y los acaricio con mi aliento último. Intento seducirlos cantando nuestras viejas canciones, para que resuciten. Pero esta mañana el dedo de la muerte anidó en su corazón derrotado.

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