M. A.
ribeira / la voz

Viajes, cruceros, casas de campo, playas... Con la llegada del verano, miles de planes afloran en las mentes de los enamorados de la etapa estival. En los últimos años, rompiendo la habitual tendencia, un pequeño arrebato aventurero parece haberse colado en las agendas de personas de toda España. Se trata del Centro Internacional de Navegación de Arousa (CINA), una escuela en la que la convivencia y la diversión arropan al usuario durante el proceso de aprendizaje del mundo de la vela.

Creado en las orillas de A Secada (A Illa) en 1968 y afincado en A Retorta (Boiro) desde 1984, el CINA se presenta como una de las alternativas más tentadoras para los amantes del mar. Y es que, como dice uno de sus monitores, Juan Arana, «no hay mejor sitio que la ría de Arousa para aprender a navegar». A punto de cumplir su 50 aniversario, la dirección del CINA no se ha desviado ni un ápice de sus principios fundacionales. Fundada como una organización sin fines lucrativos, todo lo que recauda se reinvierte en mantenimiento, flota y mejoras para seguir divulgando la pasión por la vela.

El grupo de monitores está conformado por antiguos alumnos. Estos formadores son remunerados con el placer de enseñar a otros lo que han aprendido. «Que los monitores sigamos viniendo de forma altruista es también indicativo del buen rollo que se respira. Si no estuviésemos a gusto, no vendríamos. Es un placer formar parte de esta escuela», apunta Alberto Iglesias, colaborador desde hace 17 años.

El día a día

A las nueve de la mañana, la puerta entreabierta de la base de O Chazo deja escapar un cierto alboroto. Dentro, alumnos y monitores desayunan en armonía ocupando las seis mesas de la instalación. Jarras de café, cajas de galletas, fruta... Los víveres pasan de unas manos a otras como si se tratase de una comida familiar.

Más tarde, con los conceptos claros expuestos en las topós, todos se equipan, se untan de crema y, por fin, se van al mar. Divididos en dos grupos, los alumnos de iniciación y perfeccionamiento de vela ligera se dirigen a pie a la playa de A Retorta, mientras los de crucero se quedan un rato más llenando sus mochilas de comida.

En la playa, sobre la zódiac, se palpa un clima ideal. Cielo despejado y una débil corriente de aire que permite a las caravelles realizar sus primeras maniobras. A su vez, los vaurien continúan en la orilla con sus navegantes poniéndolos a punto. «Algún día conseguiremos que salgan al agua a la hora prevista», bromea uno de los monitores.

Superados los pequeños contratiempos, los 11 botes lucen sus velas al unísono sobre el agua. A pesar de los típicos sustos que generan los alumnos más atrevidos que juguetean con el límite del territorio, los «casi vuelco» que tanto asustan a los primerizos o algún pique sano entre navegantes, la mañana es un remanso de paz. La concentración en la vela y el sentir del viento les hace olvidar el reloj hasta que el hambre comienza a hacerse notar. Llegadas las 15.00 horas, el grupo desembarca en el Chiringuito da Retorta para reponer fuerzas antes de volver al agua. Espera una dura tarde.

En la misma mañana, la tripulación de crucero se dirige al Náutico de Boiro Marina Cabo de Cruz para embarcar en sus tres veleros. Tras depositar sus mochilas en el interior, equiparse con los chalecos y realizar los diferentes preparativos, arrancan el motor para salir del puerto. Una vez fuera, apagan motor y la tranquilidad invade a los navegantes. «La vela ligera es más deporte y más dinámica, pero el crucero te hace disfrutar verdaderamente el mar», explica Juan Arana en el inicio de una navegación que dura hasta las 19.00.

Por la noche, la cena y los diferentes juegos ponen el broche a unos días repletos de actividades y anécdotas que no olvidarán.

8.15

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