Wyatt Earp, el sheriff de Tombstone


A mi madre le apasionaba la historia norteamericana. No el monstruo imperial que todos conocemos hoy. Leía a sus grandes novelistas: Dos Passos, Fitzgerald, Faulkner... y también el poemario de Walt Whitman, Hojas de hierba, que un día perdido en el tiempo feliz le regalé. Amaba, sobre todo, la epopeya de los colonos que se desplazaron durante el siglo XIX desde Nueva York hasta lo que hoy es California, habitando por el camino Nevada, Kansas, Dallas, Montana, Colorado...

 A mamá le gustaban las películas de James Dean, Monty Clift, Gary Cooper, Joan Crawford, Jane Russell, Bette Davis... aquellos seres que dejaron sus vidas entre el Gran Cañón y San Francisco. Y las buenas, las mejores películas del Oeste. Los cowboys nobles, los indios expoliados de sus tierras, acosados y asesinados por brutos venidos de Europa y su ejército de peligrosos petimetres de uniforme azul y baile de salón, entre limpieza y limpieza étnica. Así me enseñó mi madre la historia de ese gran país surgido de la cultura occidental que se llegó a sus tierras en barcos cargados de ladrones, aventureros, predicadores, tahúres, asesinos, médicos borrachines, soñadores, caballeros, cabareteras, abnegadas madres de familia, costureras, mujeres de rompe y rasga, granjeros, salteadores, prófugos y todos aquellos que, desde que el mundo es mundo, fueron arrojados desde los cielos a la tierra por la milagrosa paciencia de Dios.

 Lo que de verdad me subyugó de todo aquel rebumbio, fue el buen wéstern, sí. El cine del oeste rodado e interpretado por maestros que, hasta el día de hoy sobreviven perfumados de pólvora, justicia rápida y galope tendido. Desde John Ford hasta el ya anciano Clint Eastwood, pasando por Marlon Brando y su rostro impenetrable y deteniéndose en Raoul Walsh o Zinnemann, hasta descubrir al violento Sam Peckinpah, las historias de vaqueros alumbrados por la luz de la justicia divina y escritores de su propia biografía en el polvo de los caminos, las guardo en el saloon entre los naipes trucados del asesino de Liberty Valance.

Alan Ladd, frecuentemente, se me aparece en sueños bebiendo zarzaparrilla mientras el pistolero Jack Palance se ríe de su poca hombría y de su dedicación a la agricultura y a la protección de familias indefensas que hunden sus raíces profundas en la tierra virgen que desde los tiempos de la creación les esperaba al otro lado de la mar atlántica. Viendo el filme Tombstone, la vida de Wyatt Earp, comprendí un día el por qué mi madre amaba el wéstern. Empequeñecido ante un sol gigantesco que se hunde en el horizonte convertido en un mar de llamas, Earp dice: «Cuando miras al cielo y ves que Dios creó todo eso y que, aún así, se acordó de crear algo tan insignificante como yo, te sientes un elegido».

 Esa lección de humildad, ya olvidada en los tiempos que nievan sobre nuestras almas, es mi última oración de cada día. Mamá ya no vio este filme pero estaba en lo cierto. De aquella historia solo quedan rendición y abatimiento. Todos los héroes están muertos y enterrados. Para siempre. En primavera ya no florece la esperanza de que algún día, al amanecer, un caballo galope por la pradera de nuestras pobres vidas y abarrote el aire de fuegos artificiales nacidos en su Colt 45.

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