Las fiestas


Aunque el tiempo invernal -más que primaveral- se aferre al calendario, cual político al sillón, la verdad es que estamos a punto de entrar en un nuevo verano gallego; que es más corto que la alegría en casa pobre, pero, por ello, más intenso. Llegados a este punto tengo la misma sensación que al subir a la montaña rusa y, cuando estás a punto de llegar arriba, sabes que estás abocada a la vorágine, sin remedio ni compasión. A un subidón de adrenalina, a que se acelere el pulso y la vida misma.

Sin duda para los boirenses el pistoletazo de salida del estío es, una vez superada la noche mágica de San Juan, el inicio de las fiestas de verano, fijadas en el calendario según el primer domingo de julio (este año el día 1).

Quien suscribe opina que los festejos desde hace unos años han perdido significado, vivencias y participación. Parece como si cada vez se fiara casi todo a un cartel -que se hace público muy tarde- de orquestas, a un music fast food, que no digo que en su justa medida esté mal. Pero hay pocas actividades con arraigo, que muevan a los vecinos. Se ha perdido el mediodía, los conciertos de todo tipo. Son unas fiestas con menos personalidad, menos etnográficas. Lo único fresco y participativo desde hace varios años ha sido el día de las peñas, que debe ser apoyado y encauzado para que no muera de éxito convertido en un gran botellón. Al igual que iniciativas como la desarrollada por los vecinos de A Boliña en el parque de A Cachada.

Pero también hay que acordarse de otras como Boiro en Marcha. Este pueblo puede y debe tener una mayor y mejor programación en verano.

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