Las tardes de las grandes gestas


Solo necesitaba una bufanda blanquiazul para mimetizarme con la grada. A punto estuve de lanzar libreta y bolígrafo y unirme a los cánticos. ¿Quién puede resistirse a sentirse en comunión espiritual con grada, banquillo y con los once jugadores que peleaban sobre el césped? El Puebla-Carral fue el partido que me demostró porqué este deporte es un fenómeno de masas. La magia de un ascenso, de un campo repleto, lo inundó todo. Recordé las palabras de un veterano de los banquillos: «Subir es bonito, pero hacerlo en una fase de ascenso se recuerda toda la vida».

Sin tiempo para sentarnos en los asientos, Changui, tirando de un oficio que lo ha llevado por medio mundo, envió el balón a la red para asombro del millar de personas que miraban estupefactas el reloj. «¿Ha empezado el partido?», se preguntaron muchos después de que el espigado delantero inaugurase el marcador en menos de un minuto.

La grada enloqueció y yo me sentí uno más en esa locura. Fue como si de chaval, en vez de pasear por la playa de Coroso, lo hiciera en Cabío, como si en vez de jugar en el parque García Bayón hubiera pasado la infancia en O Castelo, como si cambiara los cafés del bar Plaza por los del Amanitas. Como si llevara media vida comiendo los domingos en familia bajo la parra de Xanxo. Cuando volví a mí, ya había pasado la primera mitad y, tras una galopada, un zaguero derribó a Espi dentro del área. Penalti, gol del sonense y la grada de nuevo loca.

Cuando parecía que los locales tenían un pie en Preferente, el Carral se agarró al clavo ardiendo. Acompañados de una marea de aficionados, los coruñeses demostraron que no venderían tan fácil su piel. 2-1, 2-2... Cuando el Puebla achuchaba, un pelotazo en largo y demasiadas dudas allanaron el camino para que llegara el 2-3, gol que nadie pudo ni quiso creerse.

Miré a jugadores, directivos, técnicos y aficionados a la cara. Vi el resentimiento en sus ojos, la constatación de que el sueño se había convertido en pesadilla. El mazazo fue enorme para todos.

Pero si algo ha convertido en grande a este deporte son historias como esta. Por remontadas que nadie se cree, por goles que la mente no puede ni imaginar, por gestas que nadie ha conseguido. 90 minutos son los que quedan este domingo para darle la vuelta a la eliminatoria. 90 minutos en los que el balón dictará sentencia. 90 minutos para dejarlo todo en el campo. 90 minutos para que la afición se desgañite en la grada. 90 minutos para que al terminar todos los jugadores se puedan mirar a los ojos sin miedo a que los acusen de no haberse partido el pecho. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no seguir soñando? Esta será la tarde de la gran gesta.

Por Álvaro Sevilla CIUDADANA

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