De Aquiles y Zidane


Dadme generales con suerte, se oyó decir a Napoleón. El emperador corso creía que una batalla podía decidirlo todo y que el detalle más pequeño podía decidir una batalla. Esto sucede mucho en la Ilíada: cuando Aquiles elige no luchar, los troyanos se vienen arriba y dominan el partido, cuando Patroclo se disfraza de Aquiles parece que los aqueos son los dominantes… Héctor, príncipe de Troya, mata a Patroclo y los troyanos vuelven a sobresalir; pero, ¡oh, musa!, regresa Aquiles a la batalla y destroza a Héctor, esto decanta la balanza totalmente. La guerra de Troya es un pulso de estados de ánimo.

No destaca Aquiles por ser un gran estratega. Lo sueño como un hombre con aura, de los que transmiten carisma y carácter ganador. Pocas cosas me darían más fuerza si estoy sosteniendo un escudo hoplita que ver a Aquiles luchando a mi lado. No quiero vídeos del ejército enemigo, no quiero variantes tácticas. Quiero pelear al lado del deiforme Aquiles mientras en su glauca mirada transforma lo heroico en cotidiano.

Algo así pasa con Zidane. Quizá no desdibuje mil pizarras con la maestría de Guardiola, pero aúna en su divina alopecia razón y emoción, lo cercano y lo místico. Zidane es al fútbol lo que Aquiles a la guerra: la atávica presencia de una victoria segura que inflama el pecho como el primer amor de un verano adolescente. La Copa de Europa es un pulso de estados de ánimo. El Madrid está en crisis porque ya lleva seis días sin ganar una final de Champions... Ya salen las estrellas, mi viejo Chamartín, de lejos y de cerca nos traes hasta Aquiles.

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