El séptimo mandamiento


V isto lo sucedido con Cristina Cifuentes, toman nuevo vuelo dos robos que se han hecho públicos últimamente y que, de forma inmerecida, han pasado sin mucha pena y con poca gloria. El primero es de un chico de 19 años, costalero de una procesión de Cádiz. Lo detuvieron poco después de Semana Santa como presunto autor del robo de las joyas de la imagen de Nuestra Señora de la Paz y Concordia Dolorosa. La imagen esta en la iglesia y el vicemayordomo de la hermandad se dio cuenta de la falta de los completos y denunció a la policía, que reunió pruebas para dar con el ladrón. El arrestado confesó que las había vendido a una tienda de compraventa. No se han podido recupera, porque ya las habían fundido.

El otro caso es el de un árbitro de fútbol de Monforte de Lemos, un guardia civil de profesión que pita en la liga de veteranos de Ourense. En el 2015, los jugadores empezaron a darse cuenta de que, cuando tras los partidos volvían a los vestuarios, a menudo les faltaba dinero. Parece que el árbitro aprovechaba los descansos para ir al vestuario. Todos pensaban que lo hacía para satisfacer sus necesidades fisiológicas, pero no, metía la mano en las carteras. Empezó con 30 euros y llegó a los 580 en un solo partido.

Con el caso Cifuentes se ha repetido hasta la saciedad que los cleptómanos roban cosas sin valor, que lo necesitan, como si eso fuera una excusa. Hoy en el bar he oído: «Pobra, no puede evitarlo, es una enfermedad». Pero los diccionarios no definen así ese término. El de la Real Academia Española dice que la cleptomanía es una «propensión morbosa al hurto». No dice que lo robado tenga que ser de poco o mucho valor, ni cremas hidratantes o joyas. A Cifuentes la disculpan y, en cambio, al árbitro gallego y al costalero andaluz nadie los excusa. Además, como no son cargos públicos, no tendrán la suerte de ir a parar al consejo de administración de algún banco o de alguna hidroeléctrica. No se está siendo justo con el séptimo mandamiento.

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