Un paseo mientras el mundo arde


Ribeira, una mañana de un día cualquiera. Enciendo el coche y automáticamente retumba el repiqueteo de la entrada de las baquetas sobre el bombo de The world (is going up in flames). El desgarrador alarido de Charles Bradley, cantándole a un mundo que arde en llamas sin inmutarse, le pone una banda sonora más que adecuada al paseo. Primera parada: atasco en el Malecón. Me asomo por la ventanilla para saber si las obras en curso son las culpables. Error. Se trata de un ejemplo de la resistencia vecinal que aún se cree que ahí puede existir una doble fila. Tiroteo de cláxones. Entretanto, acierto a escuchar en la radio los datos del paro. Todo en orden: las cuentas le salen al gobierno, la patronal advierte que se llevaban una «pola conta da vella» y los sindicatos amenazan con una dura huelga general a fijar, con toda probabilidad, para las calendas griegas. Aparco.

Me mezclo entre los peatones y mis queridos convecinos -sí, una prudente distinción a tiempo- y tengo la suerte de encontrarme a un antiguo compañero. «¿Qué tal, tío?». «¡Cuánto tiempo, Antón!». «Sí, tío, ¿cómo va todo?». «Nada, el otro día me echaron del curro». «Lo siento mucho, tío, ¿ya has encontrado algo?». «Pero ¡qué dices!, estoy esperando a que vuelvan a llamarme. ¿Qué querías, que tuviesen que hacerme fijo? ¿No sabes cómo funciona el mundo?». Sonrío, pero no tengo tiempo para una clase acelerada de frases de decálogo de recursos humanos y he faltado tres veces a mi promesa de currarme los sinónimos en conversaciones intrascendentes. Continúo.

Mientras camino, pienso en los años de instituto y que el de la conversación anterior todavía me debe pasta que le presté para una chapa cuyo lema versaba: «Sin dios, ni amo». Caigo en la cuenta de que se casó por la iglesia no hace mucho y de que no me invitó. Me pregunto si seguirán escuchando a Kortatu. En ese momento reparo en que un clásico conocido de las fuerzas del orden lleva puesta una llamativa camiseta roja con el rostro del Che. Me aprieta la camisa. Entro a trabajar. Cambio de plano a niños riendo y jugando en el parque. Fundido a negro.

Salgo de la oficina. Accedo gustosa y necesariamente a propuesta de copa rápida. Llegamos al bar justo en el momento álgido del debate: «¿Como carallo non ía ser penalti?». Se organiza el concilio de sabios y tres cuartos de hora más tarde se llega al acuerdo de que se está en desacuerdo. Alguien comenta que leyó no sé qué de la creación de empleo. Otro responde que la cosa está complicada y que las empresas no pueden contratar a lo loco, para, acto seguido, quejarse de su escasa pensión y decirme: «A ver si dades máis caña con isto no periódico». Pienso en la muerte de Bradley y en esta crónica.

Autor Antón Parada CIUDADANA

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