Los gritos mueren en silencio


Lo sé. Así es. Los gritos que desesperadamente ascienden por las columnas que los vientos erigen entre la tierra y el cielo, mueren en el silencio oculto, verde y profundísimo de los mares que todo lo atesoran. La mar se lleva nuestro desconsuelo en sus brazos de agua salada y la oculta en la sentina de jade de su nave capitana. El abandono y la soledad del grito arrebatado por el silencio de la mar, solo lo percibí una vez. Tal vez usted lo recuerde. Nos lo desnudó el gran Francis Ford Coppola en El Padrino. Aquel desgarro de toda la humanidad liberando su dolor mudo y derramándolo sobre la escalinata de una iglesia podrida, lo esculpió a fuego en la garganta criminal de Al Pacino investido de Michael Corleone. Solamente hay tres sucesos importantes en aquella escena. La hija muerta, traspasada por una bala anunciada y su silencio abatido en el regazo de su padre. Y un grito inaudible que rasga la pantalla y el corazón del dolor de mil milenios de soledad.

Puede que usted se crea absuelto de tal maldición pero yo sé que ya pasó por ello más de una vez. Quizás no caiga usted en la cuenta, pero yo le he visto más de una vez gritar en medio de la multitud sin que nadie se conmoviese ni besase su mejilla para consolarle. Piense. Recuerde. Fuerce la maquinaria sutil de su memoria y se verá solo sobre una colina asediado por la muchedumbre, amenazado por una maraña de dedos que quieren tocarle. Usted retrocede, ¿recuerda?, pero no hay cielo en el que apoyarse ni ángel custodio que, con su espada de fuego, acuda a defenderle en aquel trance. Entonces usted, grita. Su alarido traspasa las nubes que dormitan sobre las cumbres más altas y se dirige con precisión relojera a la cerradura de los jardines de Dios. Y Dios no se inmuta porque su grito navega en silencio como un cometa sordomudo extraviado en los anchos caminos de la galaxia en la que le tocó vivir.

Grita y su grito convoca el silencio. Vuelan inocentes las águilas y los gorriones. Galopan los caballos, bucean las ballenas y trepan los lagartos los muros de la ciudad ajena a su desesperación. Su grito es un hilo eléctrico que de un lado al otro de su mundo conduce todo su inmenso dolor. Pero, créame, nadie lo escucha, nadie vuelve la cabeza intuyendo la muerte lenta que padece su alma. Hágame caso. Recuerde aquella vez, aquel día fatídico en el que quebró sus dientes y pulverizó su tráquea sin que nadie, nadie, ninguna persona amada se estremeciese ante su dolor. Aún hoy que, aprendida la lección, contiene sus quejas y deja que las ahogue su sangre, más de una noche, durante el sueño, se le aparece aquella angustia, aquel lamento rabioso que arrebata el campanario que anida tras su corazón.

La angustia del silencio en el que se instalan las canciones desafinadas de sus pechos de bronce, horada el pequeño silo en el que guarda su última cosecha de esperanza. Se derrama el cereal amado sobre el sudor que empapa su almohada y el silencio, siempre el silencio, viste de seda su tortura. ¡Claro que lo sabe! Mírese al espejo y compruébelo. Solo le devuelve silencio. De su boca manan las palabras pero, en su imagen reflejada en el azogue, muere su voz y con ella su grito. Está usted, como yo, muerto. Yacente sobre un grito mudo.

Maximalia maxi olariaga

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
7 votos
Comentarios

Los gritos mueren en silencio